domingo, 24 de enero de 2010

Escribidores

¿Cuántos libros de los que traemos a casa permanecen casi a perpetuidad en la cola de los que no son para este momento, sino para esa otra ocasión que nunca llega? Acabo de leer uno de esos, de los que siempre permanecen a la espera. Se trata de “El dardo en la palabra” (hermoso título), de Lázaro Carreter, volumen que recoge dos décadas de artículos publicados en prensa diaria sobre el uso que hacemos de la lengua española, especialmente en los medios de comunicación. Supongo que esa perezosa renuencia a su lectura proviene de lo que creía sería un ladrillo, puesto que del filólogo aragonés sólo recordaba vagamente sus libros de texto en el bachiller.

Ya sé que la no ficción aparece en este blog sólo de refilón, pero para saber escribir (y también leer), ficción o no ficción, hay que empezar por no cometer errores, por utilizar la lengua con algún rigor y, sólo entonces, que cada cual despliegue el genio que oculte en el caletre. Y en efecto, lo que Lázaro Carreter pretendió con estos artículos fue popularizar las bondades de una utilización respetuosa del lenguaje que nos hemos dado, como mejor muestra de una estructura mental alejada del pensamiento animal:

“(...) no nos mueve ningún propósito estetizante, no nos importa el bien hablar y escribir como tal sino como garantía de que lo dicta un pensar responsable y exigente consigo mismo.”

 Porque en efecto, como no se cansará de repetir, una lengua es algo más que un instrumento de comunicación (lo cual, por sí solo ya sería bastante); también –y sobre todo- es la materia prima con la que se construyen las estructuras del pensamiento:
“La lengua debe ser considerada y tratada como instrumento. La comunicación no es su único objetivo, sino también la creación del pensamiento. Son los objetos comunicables los que importan, no los signos: pero sucede que, sin signos, no hay objetos comunicables. Y que, por tanto, la potencialidad del pensamiento es función de la riqueza y complejidad que posea el sistema sígnico, el idioma con que se piensa.”

Pero además, Lázaro Carreter sí sabía comunicar y, aunque puedan existir desacuerdos con su forma de interpretar alguna de las relaciones sociolingüísticas (sobre todo en lo que respecta a la función social del sistema educativo), sus artículos son pedagógicos, pero también amenos y divertidos, además de hacer que nos sonrojemos en algún momento, al señalar errores más o menos extendidos propios de “píndaros y donjulianes”.


Me pongo como prueba releer con algún cuidado las entradas anteriores, al menos las últimas; y casi avergonzado encuentro no pocos errores de bulto, como “trocarse por” en vez de “trocarse en” y algunos más de tipo sintáctico. Pero las imprecisiones semánticas –que tampoco son escasas- no son moco de pavo. No es mal ejercicio de humildad éste y, aunque valga sólo como pobre consuelo, pienso que tampoco será malo conocer los límites propios, por lo que de mi magín no han asomado aspiraciones de escribanía, conformándome con pasar a ser un lector de mediano discernimiento; situación ésta con la que también deberían haberse conformado muchos de los que exponen sus miasmas en supermercados y librerías.

La recopilación recoge los artículos escritos desde 1976 hasta 1996, lo que le confiere varios puntos de interés adicionales: advertir la evolución paralela que la sociedad española y su lengua común experimentaron en esos veinte años decisivos para estructurar algún grado de convivencia entre españoles, cerciorarse de la incompetencia y necedad que origina la mayoría de tales cambios y, en general, apreciar lo que supone un idioma vivo para sus hablantes. Y repito, a pesar de las prevenciones iniciales, la mayor parte de los artículos son amenos, invitándonos en muchos de ellos a más de una sonrisa. Por cierto, creo que hay un segundo dardo que recopila artículos de años posteriores.

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