El otro día amanecíamos con la noticia de la muerte de Salinger. La verdad es que ni siquiera sabía que aún vivía, pues hace bastantes años que dejó de publicar, en un extraño retiro que no hizo más que acrecentar el mito de maldición que lo ha rodeado y que ha ido reforzándose entre sórdidas leyendas más o menos anecdóticas y biografías no toleradas.
Además del “guardián” –novela sobre la que no tengo un especial recuerdo-, nada más oír la noticia de su muerte me vino a la memoria un relato magnífico, magnético, atípico e inquietante que apareció en su colección de “Nueve cuentos”. Se trata de “Para Asmé, con amor y sordidez” y en él, con el fondo argumental de la guerra, Salinger muestra en unas pocas páginas su ácida y extremadamente desequilibrada visión de la vida (y de la muerte) americana. En algún punto recuerda a la “Lolita” de Nabokov o al Malcolm Lowry de “Bajo el volcán”.
No voy a referirme ni a “El guardián entre el centeno” ni a los “Nueve cuentos”, porque los engullí bastante tiempo antes de comenzar a reflejar en fichas la impresión de la ficción leída. Curiosamente, tengo ahora entre las manos la novela de uno de los escritores americanos más influenciados por Salinger: “Brasil”, de John Updike, xobre el que ya despotricaré otro día. Pero buscando entre las fichas de los últimos años no encuentro nada que se relacione con Salinger o con su enfermiza escritura. Elijo al final un relato aún caliente en el recuerdo, relacionado de manera más bien débil con Salinger. Se trata de “Matadero cinco” y me viene a la memoria por varias razones: La primera es que lo he leído hace poco más de un mes. Pero además, refleja el impacto de la guerra (como los primeros cuentos de Salinger), la cual es revivida de manera absolutamente personal y atípica, alejada de los clichés ideológicos del cine bélico norteamericano. En fin, no creo que sea el mejor homenaje para el genial cuentista americano, pero, en cualquier caso, él habría renegado de homenajes, de remembranzas o de reverentes recuerdos.
Autor: K. Vonnegut
Título: Matadero cinco o la cruzada de los inocentes
Impresión: 6,7
Cuando uno se enfrenta a un libro como éste (sobre todo después de leer el capítulo inicial), prepara y deja cerca la coraza para que pueda servir de protección ante la truculencia y la barbarie extrema que espera encontrar entre sus páginas. Sin embargo, pronto se instala en un estado de perplejidad creciente; en lugar de contarnos el dramático bombardeo aliado de Dresde (que dejó más de 130.000 muertos, superando con creces el número de víctimas provocadas por el bombardeo de Tokio o por las dos bombas atómicas lanzadas en Japón), nos encontramos con las peripecias de Billy Pilgrim, un joven al que la existencia no importa mucho, viajante desordenado e impenitente por distintas épocas de su propia vida y conferenciante sobre los trafalmadorianos (habitantes de un lejano planeta que perciben la realidad de forma continua en cuatro dimensiones. Curiosamente, si éste es el volumen que publicó Vonnegut para que el mundo no olvidara la matanza aliada en Dresde, este episodio se describe en apenas unos cuantos renglones. Todo esto (la intercalación de elementos procedentes de la ciencia ficción o el carácter peculiar del protagonista), no son más que los ingredientes utilizados para afrontar la obra desde el humor irónico sazonado de estampas surrealistas y a veces contraculturales (hay que recordar que la obra se publicó en pleno apogeo “beat” y con la guerra de Vietnam como telón de fondo). Así, el subtítulo (la cruzada de los inocentes) evoca otro atroz acontecimiento acaecido a principios del siglo XIII, cuando miles de niños (como muchos de los que se enviaron a matar y a morir en la segunda guerra mundial) fueron engañados para ser vendidos como esclavos con el pretexto de que lucharían para arrebatar a los sarracenos los territorios santos. Otros dos rasgos que definen la novela son, por una parte, su enfoque existencialista (después de lo visto nada importa ni nada puede hacerse) y, por otra, la aridez de su escritura que tiene como única pretensión la eficacia pura y dura. El resultado es desequilibrado, pues a la originalidad de la perspectiva con que se desarrolla la historia, se opone una simplicidad lingüística que, aunque premeditada, llega a parecer en ocasiones infantil, lo que no creo que sea tan fácilmente perdonable a pesar de que lo justifique la intención. – (Diciembre 2009)
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