jueves, 31 de diciembre de 2009

Felices pascuas (V)

Vuelvo a abrir el blog tras una obligada pausa, debida a la urgente escenificación de alguno de los demacrados ritos navideños; entre otros, el de la publicitada necesidad de estrechar los lazos familiares urgidos y ungidos por las grandes superficies. No sé si será un buen síntoma el que me subrayen en el calendario los días más propicios para abrazar a mi hermano, como si de una obligación con el fisco se tratara. Claro que el peor síntoma no es que nos marquen fechas, sino que las sigamos con devota obediencia.

En fin, manteniendo tradiciones rituales, hoy toca brindar por un nuevo año recalentado y cargado de lustrosos propósitos, porque según parece, también los propósitos –sobre todo los de enmienda- nacen con el año para morir pronto y ser olvidados más o menos para San Antón. Estos días son igualmente propicios para recapitulaciones, balances y cálculo de resultados, para lo que echamos la vista atrás con melancólica sorna. Pues bien, retomando el sambenito histórico al que me obligué para redimir miserias, si alguien fue capaz de recapitular en unos pocos relatos cortos ya no un año, sino la esencia de la historia occidental fue el centroeuropeo Stephan Zweig, quien profetizó además el caos que sobrevendría a los europeos por cerrar en falso la primera gran guerra del pasado siglo. Tal vez nos cueste entender ahora porqué Zweig eligió alguna de las miniaturas escogidas, pero debemos recordar que la obra fue escrita por un intelectual austriaco hace más de ochenta años, cuando todavía coleaba la humillante paz impuesta a Alemania por los vencedores en 1919.


Autor: S. Zweig
Título: Momentos estelares de la humanidad
Impresión: 8,1



Como reza el subtítulo del volumen, “catorce miniaturas históricas”, Zweig quiso reflejar en esta heterogénea colección las claves de la historia occidental mediante algunos de los momentos más determinantes. Las consecuencias de esos acontecimientos fueron decisivas, pero su resolución fue casual a veces, desafortunada otras e imprevisible en ocasiones. La literatura de Zweig es precisa y reacia a lirismos o a digresiones innecesarias, hecho éste que enfría y aleja los episodios narrados para un lector actual, acostumbrado a ritmos más suaves e historias más azucaradas. Sin embargo, algunos de los relatos son memorables: “Cicerón” (muerte definitiva de la República y de su más celoso defensor), “Huida hacia la inmortalidad” (en la que disecciona la curiosa y contradictoria mentalidad de los conquistadores españoles), el relato dedicado a Waterloo y a los extraños caminos que elige la historia, las excelentes miniaturas que homenajean a los dos grandes novelistas rusos, Tolstoi y Dostoyevski, su visión sobre el heroísmo trágico del Capitán Scott (muerto sin gloria en el polo sur, al haberse adelantado Amundsen a su conquista) o el visionario análisis político de los acuerdos dictados por los vencedores de la primera gran guerra. Por la propia naturaleza de la obra, es aquí más perceptible la mayor aportación de Zweig a su época: su enorme capacidad de comprensión, de ponerse en lugar del otro; incluyendo formas de hacer y de pensar tan poco convencionales como las de Núñez de Balboa, Lenin, Dostoyevski, Napoleón o Bruto. – (Diciembre 2007)

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