miércoles, 23 de diciembre de 2009

Felices pascuas (IV)

Para que no germine la sensación de tediosa monotonía que comienza a invadirme con este periplo histórico que inicia su cuarta etapa, extraigo hoy una obra original en cuanto a su tratamiento, aunque el tema copia situaciones y personajes nada menos que del Quijote. No es por tanto una novela histórica al uso, pues se limita a colorear personajes que ya habían sido moldeados por la ficción cervantina. Tampoco es la primera obra de ficción que extrae su jugo de las peripecias manchegas del caballero andante.

La originalidad de Trapiello estriba en su curiosa mirada que, como si de un “voyeur” se tratase, le lleva a indagar sobre los empequeñecidos personajes que la agigantada estatura del hidalgo relegó a un segundo plano, a ese espacio informe que les otorga el relieve justo para cimentar y realzar la figura del protagonista. Se trata, sin embargo, de un voyeurismo inocente (suponiendo que ello sea posible), delicado y con las molestias justas. Trapiello trata a los personajes con un respeto y un cariño exquisitos y, con una prosa que remeda sin desdoro a la de Cervantes, nos hace llegar el peso de una obra que marcaría de manera definitiva a los que trataron de alegrar la adusta figura de Don Alonso. En fin, un arriesgado experimento con algunas sombras, pero que en general sabe salir airoso del reto autoimpuesto.


Autor: A. Trapiello
Título: Al morir Don Quijote
Impresión: 6,9



¿Qué ocurrió con los personajes de El Quijote tras su muerte? ¿Tenían entidad propia más allá de la sombra del caballero andante? En esta recreación cervantina Trapiello troca en protagonistas a los que habían sido poco más que figurantes y les da luz propia. Así conocemos las vivencias, anhelos e inquietudes del ama, de la sobrina, del bachiller, del cura o del barbero, además, claro, del propio Sancho; quien tras leer la primera edición de la obra reflexiona con sosegada amargura:
“La primera cosa que he sacado yo de su lectura es que es malo nacer siendo Sancho, pero que no es mejor nacer siendo don Quijote. Y que quizá el propio nacer es lo que es malo, porque no son sino trabajos e ilusionismos los que nos esperan. La segunda es que no hay nadie que no sea al mis¬mo tiempo lo suyo y lo contrario, loco y cuerdo, pobre y rico.”
 Se trata, por tanto, de un juego metaliterario, en el que los vecinos y deudos de Alonso Quijano se saben inmortalizados en la mejor novela escrita hasta la fecha, hecho éste que los configura y determina, robándoles la libertad del anonimato a cambio de la inmortalidad de sus nombres. Don Quijote es un referente moral, pero también es una pesada losa que ensombrece sus figuras. Sin embargo, en este loable homenaje a la genialidad del hidalgo, nos topamos también con argumentos secundarios innecesariamente tortuosos, que poco relieve aportan al conjunto. – (Abril 2009).

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