domingo, 20 de diciembre de 2009

Felices pascuas (III)

No sé si es la cercanía de la tan mentada gripe, la grotesca sombra navideña, los desacostumbrados termómetros helados, el exceso que precede y anuncia unas cortas vacaciones o un poco de todo eso, el caso es que el cuerpo dolorido se retrae y gruñe ante insignificantes avances o retrocesos del mercurio tasador.

Es esta desapacible destemplanza la que me hace ser hoy más breve y trasladar con poco ruido otra novela histórica al blog, en una faena que, en el mejor de los casos, será de aliño. Escojo un libro de lectura agradable, de los de pasar el rato y poco más, aunque tal vez eso ya sea bastante. Porque mi paisano Juan Carlos Arce se introduce en un galimatías inquisitorial en el que el trasfondo ético (que le podría haber proporcionado alguna mayor enjundia al volumen) se desinfla, diluye y pronto va siendo sustituido poco a poco por un paisaje picaresco y ácido desarrollado con facilidad y oficio, no exento de gracia y agilidad narrativa. Pero además evita desarrollos de culebrón, especialmente en el desenlace. ¿Qué más se puede pedir para pasar un rato agradable?


Autor: J. C. Arce
Título: El matemático del rey
Impresión: 5,3



Un matemático huye de Salamanca y viaja al Madrid decadente y corrupto del siglo XVII para dar clases al joven Felipe IV. Como en Salamanca, insistirá en difundir sus teorías astronómicas heliocentristas, hasta ser detenido por la Santa inquisición. A su vez, otro matemático amigo, es perseguido por matones pagados por el Embajador de Venecia, que busca unos documentos que lo inculpan en corruptelas de la nobleza. La novela es un entretenimiento desarrollado con pulcritud, que más allá de sus aventuras picarescas, veladas traiciones y oscuras maquinaciones políticas en un país desangrado, reivindica la apertura de miras y la entrada de oxígeno que supone la verdad científica sobre los trasnochados dogmas católicos. Es de algún interés el lenguaje chispeante y popular de la época y también es de agradecer que el autor no busque un final de chistera de mago. Por lo demás, la obra no es más que un divertimento travieso, con algunos guiños amargos a la torturada historia española. – (Diciembre 2008)

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