miércoles, 16 de diciembre de 2009

Felices pascuas (II)

Inicio mi navideña penitencia histórica por todo lo alto, con un autor conocido en Europa incluso antes de que lo distinguieran con el Nóbel. En este caso, el galardón que le otorgaron en 2006 es fiel reflejo de los entregados por la Academia Sueca en su versión literaria durante los últimos años: reconocimiento a una labor artística caracterizada por la denuncia social en cualquiera de sus órdenes. Es decir, una especie de desplazamiento metonímico de lo que no se atreven a hacer con el Nóbel de la paz. El ejemplo más claro de esta esquizofrenia académica es el reparto de premios en la pasarela sueca durante 2009. Por cierto, permítase una digresión: maravilloso el discurso de agradecimiento y aceptación por parte de Herta Müller.

Oram Pamuk ha tratado de hacer visible para los miopes y aletargados occidentales la masacre llevada a cabo por los turcos entre los pueblos armenio y kurdo, además de reflejar en sus escritos la preocupación por el distanciamiento cada vez mayor entre el mundo cristiano y el musulmán (si se me permite una simplificación tan tosca). Esa labor sería suficiente para otorgarle una colección completa de galardones o cualquier otra colección de cachivaches de las que reducen el peso de las cargadas conciencias europeas. Pero ¿el Nóbel de literatura?

Traigo hoy la novela por la que comenzó a ser conocido fuera de su país porque en ella se encuentra toda la carga simbólica del pensamiento de Pamuk. Sin embargo, cualquier manifestación artística debe ser valorada en términos de arte, en este caso de literatura, más allá de la justificada rabia creativa que la ha hecho posible. Desde esta perspectiva creo que hemos sobrevalorado al autor turco –repito- siempre en términos literarios. Por lo demás, sería necesario clonar a unos cuantos millones de tipos como éste para que despertaran diariamente nuestra mísera conciencia de salón, ésa que alimentamos con somníferos cheques mensuales que ofrecemos con gesto grandilocuente para sufragar proyectos no gubernamentales de mundos que ¡Dios nos libre! no son ni serán nunca el nuestro.


Autor: O. Pamuk
Título: El astrólogo y el sultán
Impresión: 6,2



En el siglo XVII, un cultivado joven italiano es apresado por los turcos en una travesía por el Mediterráneo. Tras ser encarcelado en Estambul es adquirido por un astrólogo ávido de los conocimientos científicos occidentales. Se establece una relación simbiótica y mutuamente dependiente entre el amo y el esclavo que, curiosamente, comparten un asombroso parecido físico. Las aspiraciones del astrólogo, influir en el joven Sultán para mejorar su estatus y difundir la ciencia entre los necios, establecerán con el extranjero relaciones polivalentes que se irán tejiendo de envidias, recelos, admiración, confusión, etc., hasta llegar a un punto en el que aspecto físico y personalidades se entremezclan en una inestable pero sugerente amalgama. La novela, una de las primeras del autor, no es de las más conseguidas, pero ya se perciben en ella, de una forma alegórica que por momentos recuerda los relatos de Italo Calvino, las preocupaciones que marcarán su obra posterior, especialmente las ambiguas y tortuosas relaciones entre oriente y occidente, representadas en esta ocasión por las figuras intercambiables del astrólogo turco y del esclavo –a la vez que maestro- italiano. No obstante, las intenciones alegóricas nos llegan demasiado previsibles, evidentes y, aunque Pamuk introduce diferentes elementos que le otorgan cierta compleja profundidad, a menudo se pierde en relatos secundarios con escaso valor, a lo que hay que añadir un estilo literario que, buscando la extrema sencillez, se nos antoja poco acogedor. - (Julio 2009)

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