domingo, 13 de diciembre de 2009

Felices pascuas (I)

¿Qué decir de la prostituida Natividad, ésa que recurre a nuestros más bajos instintos tras obscenos guiños luminosos, horteras y faltos del más mínimo pudor? Pues poco más de lo que ya se ha dicho. Se me ocurre que si ella es la versión más degenerada del cotidiano consumo ¿cuál sería su imagen más chabacana y prescindible en el terreno literario? Aunque tal vez no sea la única, la novela histórica es el subgénero en el que podemos introducir un mayor número de páginas cuyo destino deseable sería el inmediato reciclaje para convertirse, por ejemplo, en socorridos y respetables rollos de papel higiénico.

No es fácil establecer límites fronterizos claros entre los diferentes subgéneros. Aún así, repasando las lecturas de los últimos años, no puedo menos que sorprenderme al advertir que he engullido al menos tres docenas de libros y libelos de ficción histórica. Por supuesto, algunos de ellos merecen cualquier laurel literario dentro y fuera del subgénero. Me refiero a títulos como “El siglo de las luces” o “El arpa y la sombra” del admirable Carpentier, o a “Historia del cerco de Lisboa” del irregular Saramago. Otros volúmenes menos encasillables en la ficción histórica como “Momentos estelares de la humanidad” de Zweig o “Al morir Don Quijote” de Trapiello también estarían fuera de toda duda. En el centro del subgénero, distingo también obras y autores especializados de contrastada calidad, como “Juliano el apóstata” de Gore Vidal, “Un gusto a almendras amargas” de la holandesa Haasse, “La gesta del marrano” de Aguinis o “Reconstrucción” de Orejudo. Desempolvo también sátiras sobre la novela de trama histórica, como “Mercado de espejismos” de Benítez Reyes, en la que se recomienda parar el primer taxi y salir huyendo cuando alguien comience ha hablarte de los templarios. Lo mismo podría decirse de algunas otras hagiografías apócrifas de dudoso gusto.

Descendiendo peldaños, me topo igualmente con algunos libros amenos, equidistantes entre lo histórico, la aventura y el relato detectivesco. “Historia del rey transparente” de Rosa Montero, “León el africano” de Maalouf o “El inquisidor” de C. Jinks son ejemplos de esta especie híbrida. Y así podemos seguir descendiendo peldaños hasta llegar –como decía más arriba- a la materia prima del papel higiénico. Menciono como ejemplos aquí sólo algunos engendros omitiendo a sus satisfechos progenitores para no darles publicidad. Además, alguno de estos autores, aunque se retrataron con semejantes panfletos, pudieron haber estado más inspirados en otras ocasiones y así ocurre en algún caso. Puedo empezar por “La catedral del mar”, sobre la que algo dije ya en páginas anteriores de este blog. ¿Sigo? En fin, con algún rubor confieso haber leído igualmente títulos como “La cena secreta”, “La hija de Homero”, “El médico de Sefarat”, “La herbolera”, “El faro de Alejandría”, “Cuarta alianza”, “Águilas y cuervos”, “Un mundo sin fin”… y alguno más. ¿Cuál será mi penitencia? ¿No es suficiente con soportar otro año más a la ajada Natividad? Como muestra de arrepentimiento y de propósito de enmienda, durante todo este período de plastificados credos, de caridades redentoras y de sentimientos a flor de piel de peletería, trasladaré al blog algunos de los libros históricos leídos, pero de los que merece la pena hincarles el diente. Dejo el primero para el próximo día, porque la entrada de hoy me está quedando un poco larga y quizá empiece a tomarse a la palabra como unidad de medida para tasar el discurso consumido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario