Hace ahora casi tres meses, al iniciar el blog me propuse comentar los libros de ficción leídos desde julio de 2003, ya que fue entonces cuando por primera vez se me ocurrió dejar constancia por escrito de mis devaneos librescos. No recuerdo la razón que me hizo excluir los volúmenes de no ficción; quizá se debiera a que su peso proporcional era menor y su temática mucho más dispersa.
Aunque continuaré la senda mantenida hasta ahora aparcando en otro contenedor la no ficción (dejaremos para otro día la discusión sobre las cada vez más difusas fronteras entre ambos espacios, eso que pomposamente se ha dado en llamar intertextualidad), al hilo de lo que ahora estoy leyendo, “El ruido eterno, escuchar al siglo XX a través de su música”, de Alex Ross, publicado por Seix Barral (volumen ameno, sugerente y muy recomendable para los aficionados a la música y, en general, a las manifestaciones artísticas del pasado siglo), recordaré una obra de ficción relacionada con el entorno musical, como ya había hecho en un post anterior con “El Maestro”, del bonaerense Carlos Carusi.
Antes de entrar en la reseña –y para decirlo todo-, en el terreno de la no ficción también estoy leyendo un librito de García Calvo en el que se recogen unas pocas charlas del autor y que tituló “Contra el hombre”. Hablar de García Calvo se me antoja desapacible y extraño; y supondría además emborronar varios posts, porque su irreverente rechazo de todo lo que no sea “pueblo”, en el sentido más profundo y radical, casi telúrico, implica reinterpretaciones, espacios vacíos, discursos que evitan la causalidad, rechazo a las propuestas positivas, agarrarse al presente y renegar del futuro (siempre hipotecado y dominador), etc. Todo lo cual saca al lector literalmente de sus casillas, de esas acomodaticias casillas a las que hemos acostumbrado el bolsillo, el paso y la palabra.
Autor: J. Echenoz
Aunque continuaré la senda mantenida hasta ahora aparcando en otro contenedor la no ficción (dejaremos para otro día la discusión sobre las cada vez más difusas fronteras entre ambos espacios, eso que pomposamente se ha dado en llamar intertextualidad), al hilo de lo que ahora estoy leyendo, “El ruido eterno, escuchar al siglo XX a través de su música”, de Alex Ross, publicado por Seix Barral (volumen ameno, sugerente y muy recomendable para los aficionados a la música y, en general, a las manifestaciones artísticas del pasado siglo), recordaré una obra de ficción relacionada con el entorno musical, como ya había hecho en un post anterior con “El Maestro”, del bonaerense Carlos Carusi.
Antes de entrar en la reseña –y para decirlo todo-, en el terreno de la no ficción también estoy leyendo un librito de García Calvo en el que se recogen unas pocas charlas del autor y que tituló “Contra el hombre”. Hablar de García Calvo se me antoja desapacible y extraño; y supondría además emborronar varios posts, porque su irreverente rechazo de todo lo que no sea “pueblo”, en el sentido más profundo y radical, casi telúrico, implica reinterpretaciones, espacios vacíos, discursos que evitan la causalidad, rechazo a las propuestas positivas, agarrarse al presente y renegar del futuro (siempre hipotecado y dominador), etc. Todo lo cual saca al lector literalmente de sus casillas, de esas acomodaticias casillas a las que hemos acostumbrado el bolsillo, el paso y la palabra.
Autor: J. Echenoz
Título: Ravel
Impresión: 5,9
La obra aprovecha la descripción de algunos pasajes de los últimos diez años de la vida del compositor francés para exponer un estilo narrativo obsesivo, minimalista y premeditadamente casual. Novela corta de factura monocorde y árida en la que sobresale la narración de la concepción del Bolero, inspirado en la imagen fabril (y sobre todo febril) de la cadena de montaje, a partir de una frase sin desarrollo, que se limita a la circularidad reiterada y extenuada del desgarro orquestal; música sin música y sin esperanza, como el espíritu narrativo de la novela. Por lo demás, el estilo austero y minimalista del autor (cercano al mundo de la música clásica por tradición familiar) no resulta aquí de especial interés, proporcionando a la novela un tono general que, con tozuda reiteración, consigue alojar en el lector un regusto de arisca aridez desértica. No obstante, es este estilo personal –económico y uraño- el que le ha otorgado a Echenoz premios y reconocimiento internacional. En fin, gustará a los adictos a la desnuda austeridad minimalista. En el polo opuesto, exasperará y hará chirriar la sensibilidad de los amantes de una literatura más suave, mullida y envolvente. - (Agosto 2007)
La obra aprovecha la descripción de algunos pasajes de los últimos diez años de la vida del compositor francés para exponer un estilo narrativo obsesivo, minimalista y premeditadamente casual. Novela corta de factura monocorde y árida en la que sobresale la narración de la concepción del Bolero, inspirado en la imagen fabril (y sobre todo febril) de la cadena de montaje, a partir de una frase sin desarrollo, que se limita a la circularidad reiterada y extenuada del desgarro orquestal; música sin música y sin esperanza, como el espíritu narrativo de la novela. Por lo demás, el estilo austero y minimalista del autor (cercano al mundo de la música clásica por tradición familiar) no resulta aquí de especial interés, proporcionando a la novela un tono general que, con tozuda reiteración, consigue alojar en el lector un regusto de arisca aridez desértica. No obstante, es este estilo personal –económico y uraño- el que le ha otorgado a Echenoz premios y reconocimiento internacional. En fin, gustará a los adictos a la desnuda austeridad minimalista. En el polo opuesto, exasperará y hará chirriar la sensibilidad de los amantes de una literatura más suave, mullida y envolvente. - (Agosto 2007)
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