sábado, 21 de noviembre de 2009

Bienvenido Mister Marshall


"Americanos, / vienen a España / gordos y sanos, / viva el tronío / de ese gran pueblo / con poderío, / olé Virginia, / y Michigan, / y viva Texas, que no está mal, / os recibimos / americanos con alegría, / olé mi madre, / olé mi suegra y / olé mi tía."


En numerosas ocasiones hemos criticado u oído criticar la cultura norteamericana por haberse construido a partir de retales (si no de despojos), por carecer de raíces propias, por superficial y vanidosa, etc. Esta concepción propia de una parte de la progresía de mira estrecha es natural y necesariamente falsa, como la mayor parte de los estereotipos uniformizadores. Lo que tal vez incluya alguna verdad es el simplismo de la cultura exportada, de la que nos venden y que compramos con alguna fruición. ¿Podemos meter en el mismo saco y enterrar de un plumazo todo el cine norteamericano? Por supuesto que no; pero una proporción elevada de la filmografía que aquí llega sí podría etiquetarse –como mínimo- de adolescente, repetitiva y cutre. Así expuesto, parece que se cambian las tornas y que esa cutrez estética adorna al que compra más que al que vende. ¿No sufrimos también nosotros los efectos de esa simplificación cultural cuando, al pisar otras tierras e identificarnos como ibéricos, algún indígena echa de menos la ausencia de la montera y del torito bravo?

Hablando de libros, creo que lo norteamericano también vende más de lo que debería, pero para eso son el centro del imperio. No obstante, aunque hayamos ensalzado a autores tan del montón como el Nobel Hemingway y a estetas tan vacíos (aunque de innegable calidad) como el inmigrante Nabokov, otros clásicos bien conocidos, como Faukner, Fiztgerald, Steimbeck, el judío Bellow o los decimonónicos Poe y Melville, no son cuestionables.

Desde los años sesenta del pasado siglo (desde la generación “beat”) la apisonadora propagandística americana lo ha tenido fácil, porque han surgido un puñado de buenos y originales narradores: Cheever, Carver, Chabon, Gaimann, Eugenides, Auster, T. Morrison y algunos otros. Por encima de todos ellos ensalzamos ahora al también judío P. Roth, del que paso a comentar una de sus novelas más representativas. ¿Podemos nosotros, los españolitos criticones, enseñar siquiera la mitad de una lista de escritores actuales más o menos presentables internacionalmente? Seguramente, a una mano le sobrarían dedos para contarlos.


Autor: P. Roth,
Título: La conjura contra América
Impresión: 8,7



En las elecciones americanas de 1940, el candidato republicano Lindbergh (primer aviador que atravesó el Atlántico sin escalas) derrota al demócrata Roosevelt que se presentaba para un tercer mandato. El ganador se caracteriza por su exacerbado aislacionismo, esgrimiendo como bandera la no intervención en una guerra que en nada favorecerá a los americanos. Poco a poco se va acercando hacia las posiciones nazis, a los que acoge en fastuosas recepciones, haciendo suyos algunos de los postulados antisemitas. Varias décadas más tarde, un judío de New Jersey recuerda su infancia transcurrida durante esos años. Como en otras de sus obras, Roth plantea “la cuestión judía” en su sentido más amplio, con sus contradicciones y claroscuros, utilizando para ello únicamente a la familia del narrador (también llamada Roth). La incomprensión infantil del protagonista (reordenada en el recuerdo del escritor ya adulto) sobre un mundo que se cae a pedazos es magnífica, como también lo es el papel jugado por cada uno de los miembros de su familia, que refleja toda una concepción social, incoherente, movediza y cegada por la aterradora perspectiva de un mundo que se hunde por momentos. También es inteligente y verosímil la recreación de una realidad histórica paralela, si bien resulta algo forzado el desenlace que devuelve al lector a los acontecimientos reales tras las incursiones japonesas en el Pacífico. El acierto de Roth no es tanto la ficción histórica americana (original y bien tramada) sino la traslación del conflicto a la cotidianeidad de una humilde familia judía. – (Julio 2009)

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