Vuelvo a leer la anterior entrada y me veo en la obligación de reabrirla y precisar lo dicho, porque para hablar mal de iconos como Nabokov uno se tiene que lavar antes la boca y no recuerdo si yo lo había hecho en condiciones. Lo único que quiero dejar claro es que en absoluto pongo en duda (quien soy yo para tamaña afrenta) su calidad literaria, especialmente si nos referimos a la perfección formal, al cuidado de los detalles o a la pulcritud de las imágenes descritas. Ahora bien, como se aprecia con nitidez en la obra que traigo hoy como ejemplo (una novela temprana), Nabokov no transmite calidez vital, ni mucho menos implicación o compromiso. No es que le falte capacidad, es que, simplemente, no le interesa. Invoca argumentos como el impacto de la guerra, la hipocresía de la vida americana o, como en este caso, la idiotez del dictador, pero lo hace pasando por ellos sin hacer ruido, como si pintara naturalezas muertas (o al menos moribundas), tal vez para no estropear la estética del pintoresco encuadre elegido.
También aludía en el último post a Hemingway y en este punto no me retracto, a pesar de que me atraiga ese tipo de personaje silencioso, perseverante, estoico y fatalista al que el autor gustaba frecuentar. En cuanto a este pesimismosecular, mis preferencias se recogen mejor en la obra de escritores patrios (para eso Séneca nació ibérico), quedándome, de entre todos ellos con el Baroja de “La lucha por la vida”, del que Heminguay se declaró deudo y al que acompañó en su entierro, en el madrileño Cementerio Civil. Pero sin duda, si hubiera que hacer un ranking o una lista (eso a lo que creo que se dedica ahora Umberto Eco según he leído en alguna parte), Hemingway, con su Nóbel bajo el brazo, no aparecería entre los veinte o veinticinco mejores escritores norteamericanos del pasado siglo.
Autor: V. Nabokov
Título: Barra siniestra
Impresión: 7,3
Un profesor de filosofía espera en el hospital mientras su mujer agoniza. Fuera, un golpe de estado liderado por un siniestro personaje frustrado está poniendo patas arriba el país, impregnándolo de despropósitos y zafiedades. El filósofo, antiguo compañero de estudios del nuevo líder, se siente incapaz de admitir tanta idiotez, iniciando así una resistencia escéptica que, claro, tendrá consecuencias. Esta es la primera novela que Nabokov escribió en América y se nutre de los más caricaturescos estereotipos de la Rusia estalinista o de la Alemania de Hitler. Sin embargo, el autor no busca la parodia política ni la tragedia humana. En su afán esteticista, construye una serie discontinua de esbozos emocionales, de formas de percibir una realidad que por su fealdad e inconsistencia no merece la pena vivirse. Es este afán esteticista el que determina que Nabokov no se decante en la novela, pasando casi de puntillas por su propia escritura, sin un ápice de calidez ni de compromiso. Por eso, algunas de las mejores escenas son simples –aunque plásticas y hermosas- descripciones banales, como el reflejo del atardecer en un charco visto por el desolado protagonista desde una ventana del hospital. En cualquier caso, a pesar de que no nos encontramos aquí con una de sus mejores obras, la genialidad del autor ya se percibe en muchos de sus pasajes. – (Marzo 2009)
También aludía en el último post a Hemingway y en este punto no me retracto, a pesar de que me atraiga ese tipo de personaje silencioso, perseverante, estoico y fatalista al que el autor gustaba frecuentar. En cuanto a este pesimismosecular, mis preferencias se recogen mejor en la obra de escritores patrios (para eso Séneca nació ibérico), quedándome, de entre todos ellos con el Baroja de “La lucha por la vida”, del que Heminguay se declaró deudo y al que acompañó en su entierro, en el madrileño Cementerio Civil. Pero sin duda, si hubiera que hacer un ranking o una lista (eso a lo que creo que se dedica ahora Umberto Eco según he leído en alguna parte), Hemingway, con su Nóbel bajo el brazo, no aparecería entre los veinte o veinticinco mejores escritores norteamericanos del pasado siglo.
Autor: V. Nabokov
Título: Barra siniestra
Impresión: 7,3
Un profesor de filosofía espera en el hospital mientras su mujer agoniza. Fuera, un golpe de estado liderado por un siniestro personaje frustrado está poniendo patas arriba el país, impregnándolo de despropósitos y zafiedades. El filósofo, antiguo compañero de estudios del nuevo líder, se siente incapaz de admitir tanta idiotez, iniciando así una resistencia escéptica que, claro, tendrá consecuencias. Esta es la primera novela que Nabokov escribió en América y se nutre de los más caricaturescos estereotipos de la Rusia estalinista o de la Alemania de Hitler. Sin embargo, el autor no busca la parodia política ni la tragedia humana. En su afán esteticista, construye una serie discontinua de esbozos emocionales, de formas de percibir una realidad que por su fealdad e inconsistencia no merece la pena vivirse. Es este afán esteticista el que determina que Nabokov no se decante en la novela, pasando casi de puntillas por su propia escritura, sin un ápice de calidez ni de compromiso. Por eso, algunas de las mejores escenas son simples –aunque plásticas y hermosas- descripciones banales, como el reflejo del atardecer en un charco visto por el desolado protagonista desde una ventana del hospital. En cualquier caso, a pesar de que no nos encontramos aquí con una de sus mejores obras, la genialidad del autor ya se percibe en muchos de sus pasajes. – (Marzo 2009)

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