sábado, 28 de noviembre de 2009

Bienvenido Mister Marshall (III)

La semana pasada me referí al sambenito que los europeos hemos colgado de la cultura americana, “fabricada” a partir de los restos desechados por las naciones colonizadoras, como un apresurado collage de dudoso gusto. Creo que es ese origen multicultural el que permite a algunos autores norteamericanos enriquecerse y beber sin pudor de fuentes diversas y que en Europa tildaríamos de insalubres.

Las novelas de Neil Gaiman son un buen ejemplo, porque no duda al extraer contenidos argumentales y formas expresivas de cualquier parte, como ya hiciera el “pop art” o el “arte povera” hace unas décadas. Gaiman se decanta por el folklore americano, por los mitos clásicos, por las divinidades de cualquier procedencia y, sobre todo, por la discontinuidad y por las formas entrecortadas del comic. El resultado es un mundo fantástico particular, a veces terrorífico y a veces simplemente paródico, pero siempre con el sabor pesimista y desilusionado que refleja la mirada de los viejos dioses, atónitos ante el desaguisado que no han sabido enderezar. En cualquier caso, más allá de las preferencias de cada lector, este tipo de tendencias no son ni mucho menos desechables, tengan su origen donde lo tengan, en la patera o en el jet privado.


Autor: N. Gaiman
Título: American Gods
Impresión: 8,4



Sombra es un hombre joven a punto de obtener la libertad condicional. Dos días antes le informan sobre la muerte de su mujer en un accidente de tráfico con su mejor amigo en una de sus salidas como amantes. Al dejar el presidio, desorientado y solo, encuentra a un extraño personaje que lo contrata como guardia personal y que posteriormente se revelará como encarnación de Odín. Se inicia a partir de aquí un periplo por la América más profunda en el que el protagonista y su jefe se ven envueltos en las más fantásticas aventuras, siempre con un fondo tenebroso, sucio, barriobajero y no exento de zafiedad. Gaiman, como ya había demostrado en obras anteriores, es un amante de la mitología en todos sus órdenes. En la novela, las viejas divinidades -hindúes y amerindias, egipcias o del África negra, pero mayoritariamente nórdicas-, luchan contra una América vacía donde el eclecticismo racial ha generado nuevos dioses procedentes de la caricatura digital, del libre mercado y de la violencia gratuita.


"Los antiguos dioses son ignorados. Los nuevos son fugaces, se dejan de lado pronto en cuanto aparece algo nuevo. O habéis sido olvidados o tenéis miedo de volveros obsoletos, o sencillamente os cansáis de existir según el capricho de la gente."
Pero los dioses también son en esencia caprichosos y mezquinos, lo que inevitablemente desemboca en un desenlace original, desnudo de cualquier atisbo ilusorio. Surge así una novela de aventuras fresca y poco convencional, con todo el simbolismo que quiera atribuirle el lector y con un estilo llano, plagado de frases cortas y a veces poco conexas en las que se aprecia toda la influencia del comic. No obstante, aunque original y atractiva, la obra está repleta de altibajos, sobre todo en algunos de los retorcidos escenarios oníricos que, de manera premeditada, el autor lleva hasta el paroxismo. En el polo opuesto, resultan de extrema plasticidad los personajes secundarios: antiguos dioses convertidos en mendigos desarrapados, en putas callejeras o en inmigrantes indigentes de la Europa oriental. – (Enero 2009)



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