martes, 3 de noviembre de 2009

Ocultas evocaciones

A veces ocurre que al disfrutar de un cuadro, de una fotografía, de un poema o, como en este caso, de una novela que elegí hace cuatro años casi exclusivamente por su hermoso título, a uno se le viene a la mente otro texto o canción, sin razón aparente. Algo así me ocurrió con el volumen que hoy desempolvo. Recuerdo que, según avanzaba en su lectura, no podía apartar de mi cabeza los ecos de un poema de Miguel Hernández al que Serrat embutió en cálida partitura. Es aquel que comienza así:


Boca que arrastra mi boca.
Boca que me has arrastrado:
boca que vienes de lejos
a iluminarme de rayos.


Alba que das a mis noches
un resplandor rojo y blanco.
Boca poblada de bocas:
pájaro lleno de pájaros.


Canción que vuelve las alas
hacia arriba y hacia abajo.
Muerte reducida a besos,
a sed de morir despacio,
das a la grama sangrante
dos tremendos aletazos.


El labio de arriba, el cielo
y la tierra el otro labio.


Beso que rueda en la sombra:
beso que viene rodando
desde el primer cementerio
hasta los últimos astros.
(...)


¿A qué se deben estas asociaciones aparentemente espontáneas? Quizá se produzcan por la suave y agradable disonancia que colorean el poema y la novela, quizá por ese surrealista desplazamiento (de labios y bocas en la canción y de personalidades en la narración), quizá por la intersección evocadora de un tercer libro cosido a base de desplazamientos metonímicos (me refiero a “Cosmos”, del polaco Witold Gombrowicz), quizá por un recuerdo que se resiste a ser clausurado… En todo caso, poema y novela merecen disfrutarse con igual deleite.


Autor: G. Torrente Ballester
Título: Quizá nos lleve el viento al infinito
Impresión: 7,3

Igual que en El Quijote se utiliza la caballería como excusa argumental a la que ridiculizar, el autor se basa aquí en los elementos más paródicos del subgénero de espionaje para elaborar una paradoja en forma de novela que, si bien no es su mejor obra, sí es de las más originales, personales y sugerentes. Torrente Ballester construye toda una búsqueda y persecución del propio individuo y la forma que éste tiene de redimirse, tras usurpar diversos cuerpos como metáfora de lo inaprensible, mediante la materialidad de “el maestro de las huellas que se pierden en la niebla”, un espía que pretende resolver los desmanes en el Berlín de la guerra fría, teniendo como principal arma la posibilidad de ocupar otros cuerpos de forma temporal. La soledad, el amor que se intuye cercano pero intocable o el hallazgo de un escondido reducto en el que descansar sobre cierta acogedora honestidad individual, son algunos de los elementos inaccesibles que hacen de esta parábola una obra que transporta al lector más allá de la original y divertida locura argumental que la sustenta. Menor interés tienen las veladas críticas políticas, como la tímida denuncia (que reivindica una mayor apertura individual de tipo liberal) de la suprema potestad del Estado moderno o las alianzas internacionales mediante vergonzantes bloques que se crean y mantienen para dar cobijo a tenebrosos y absurdos intereses. - (Septiembre 2005)

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