sábado, 7 de noviembre de 2009

Excepciones onomásticas

Releo el blog antes de iniciar el 25º post. Me cercioro de que ya han aparecido casi todos los subgéneros narrativos y, como era de prever, la heterogeneidad en cuanto a temáticas, estilos y calidad literaria muestra ya todo un espectro al que difícilmente se le pueden calzar patrones, más allá de la arbitrariedad o la falta de criterios selectivos.

Para seguir zigzagueando sin rumbo definido y celebrar esta doméstica onomástica abandono excepcionalmente la narrativa y rescato una obra de teatro releída hace pocos días, con la que me enfrenté por primera vez con veinte años escasos. Recuerdo que la desnudez escénica y la arisca desnutrición argumental me impactaron con el desasosiego que surge ante la falta de asideros conocidos. Pocos meses después asistí a su representación y –a pesar de estar ya prevenido- el golpe fue similar, pero más agudo si cabe, más ácidamente nítido. Ahora, transcurridas más de dos décadas, las sensaciones son igual de impactantes pero más atenuadas. Los años no perdonan y la experiencia (poca o mucha, blanca o negra) va insensibilizando las pisadas.


Autor: S. Bekett
Título: Esperando a Godot
Impresión: 8,9



La sensación tras la relectura de esta obra cumbre del teatro del absurdo es tan impactante como recordaba de la lectura inicial, hace más de dos décadas. Su extrema simplicidad, la laxa ambigüedad de sus mensajes, su agobiante circularidad, la repetición casi mimética del primer acto en el segundo y su absurda y surrealista comicidad (al estilo de los clásicos del cine, especialmente de los Hermanos Marx), se conjugan para construir una parodia existencialista que aún hoy, casi sesenta años después de su publicación, sigue manteniendo toda su frescura y su magnético encanto. Tratar de resumir el argumento no tiene mucho sentido por su fuerte contenido nihilista. Dos vagabundos esperan a Godot –con el que parecen haberse citado- al borde del camino bajo un descarnado árbol durante dos atardeceres consecutivos. Godot, del que no tenemos referencias, ha sido objeto de múltiples reinterpretaciones (podría ser Dios, el desaparecido sentido de la vida o –como seguramente diría Beckett- vaya usted a saber). La espera está trufada de diálogos circulares, absurdos y faltos de referentes. Para culminar el grotesco cuadro aparecerán otros dos personajes, un amo y su esclavo, quien sólo es capaz de pensar cuando se lo exigen y con el sombrero puesto. Y por fin, para acentuar el carácter paródico de la escena (de la espera), el segundo acto es casi una repetición del primero, con algunas variantes simbólicas, como el olvido de lo ocurrido el día anterior (del primer acto) o la repentina ceguera del amo y la sordera del esclavo... En fin, todo un clásico jocosamente ácido, desapacible y disonante y con tantos significados como lectores o espectadores nos acerquemos a la obra. – (Noviembre 2009)

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