miércoles, 7 de octubre de 2009

...Y comieron perdices

¿Qué importancia tiene el desenlace de una obra de ficción? ¿No sería más saludable concebir el camino como fin en sí mismo y disfrutar de él como si cada paso o página leída fuera la última? ¿No son incongruentes y de mal gusto las azucaradas coletillas finales institucionalizadas que nos imprimen a fuego desde los primeros cuentos infantiles? ¿Por qué no dejamos que el lobo coma tranquilo cerditos o caperucitas, cuando en la vida real lo vemos hartarse diariamente en los noticiarios?

Quizá las respuestas tengan que ver con la ficción misma, o sea, con los mitos que pisamos todos los días. Igual que creemos que con nuestro voto participamos en la construcción de nuestro futuro social, igual que cuando adquirimos boletos de imposibles loterías pensando que “porqué no voy a ser yo”, igual que soy libre porque elijo entre diferentes marcas de perfumes o decido con el “mando” a distancia la concreción de mi aburrimiento, igual que… ¡se casaron y ¿fueron felices?!

Como lo mío es tirar la piedra, escondo la mano y dejo que otros (manuales de autoayuda incluidos) nos desmenucen la felicidad y nos la dosifiquen en comprimidos y terapias. Pero volviendo a los libros, pocas veces he leído buenos finales, es decir, desenlaces que mejoren el conjunto de la obra. Sin embargo, el infierno (o el cielo, depende de la perspectiva) debe estar empedrado de malos finales, de esos que echan por tierra lo mucho o lo poco que se haya conseguido hasta entonces. Ejemplos hay muchos, pero como en este caso, la decepción es mayor si se trata de una buena novela.


Autor: C. McCarthy
Título: La carretera
Impresión: 7,0


Narración apocalíptica en la que un hombre y su hijo viajan a pie por una vieja carretera hacia el sur buscando un clima más benigno que los libre de los eternos fríos sucios generados por lo que podía haber sido (el autor no lo explicita) una hecatombe nuclear. La humanidad se ha reducido a unos pocos supervivientes que se matan unos a otros por un resto de comida. Se trata de una magnífica alegoría de la barbarie humana y de lo que queda por llegar. Un mundo compuesto de ceniza tóxica, nieve negruzca, ríos y mares sin vida, vegetación mutilada, descarnada y carbonizada y hordas de supervivientes cuyo único objetivo se plasma en la próxima comida. Con un lenguaje parco y preciso, en armonía con el paisaje, la ambientación y el ritmo de la obra merecen el prestigioso premio obtenido. Sin embargo, una vez más, un final feliz impuesto como un golpe bajo inesperado, abierto a una esperanza sin sentido deshacen en gran medida lo conseguido hasta entonces por el autor, al menos en lo que respecta al horizonte alegórico que podía entreverse más allá de las crueles aventuras de padre e hijo. - (Octubre 2008)

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