martes, 13 de octubre de 2009

Mas que repetición rayadura

Después de un agradecido puente hecho de sol, amigos y monte, vuelvo a la rutina y al olvidado blog.

Creo haberme manifestado, no sé si con claridad pero sí con alguna contundencia, sobre los premios literarios y los saraos que florecen a su costa. Por tanto, no tenía intención de volver a enredarme en los mismos entuertos, pero la reciente publicación del Nóbel, que en esta ocasión ha recaído en la desconocida Herta Müller obliga a retomar el asunto, aunque sólo sea como pretexto para aludir a otro Nóbel que, gracias al galardón, en la actualidad ya no necesita presentación.

Al margen de prejuicios y generalidades, uno siempre le ha tenido un cierto aprecio al Nóbel porque, más allá de su politización y clara injusticia a la hora de designar a algunos de sus galardonados (entre otros, alguno de los que en España han caído), mantiene una posición que, aunque con mucha cautela y medida, ha propiciado y amplificado a través de los medios algunas de las denuncias sociales y políticas que más deberían avergonzarnos, a pesar de que, paralelamente, se produzcan incoherencias de bulto, como que tres presidentes norteamericanos en activo hayan recibido el Nóbel de la paz. De hecho, la incongruencia llega hasta el extremo de premiar con mayor asiduidad la denuncia social con el Nóbel de literatura que con el de la Paz. Pues con todo, si nos circunscribimos al galardón literario, sigue mereciéndome cierto respeto, quizás porque sea de los pocos premios que no se relaciona directamente con intereses editoriales.

Además, a través del Nóbel hemos conocido y disfrutado de autores que de otra forma habrían pasado desapercibidos. (Me refiero a los lectores del montón, a los que formamos ese indeterminado magma que se mueve y oscila según corrientes que se manejan en despachos de editoriales, de supermercados y de constructores de modas vacuas). Uno de esos escritores fue premiado hace quince años y, al menos para mí, resultó una sorpresa más que interesante.


Autor: K. Oé
Título: Una cuestión personal
Impresión: 9,1



Oé actualiza la tradición japonesa de Mishima: un recién nacido deforme, una amistad saturada de sexo sórdido y el fatalismo que sólo desea la vuelta a la normalidad (encarnada en la seguridad de la rutina y el tedio), son algunos de los ingredientes narrativos que no buscan una historia redonda, sino pinceladas impresionistas que reflejen -mediante el esbozo emocional- el vivir a través del sentir. El autor escribió esta obra poco después de conocer que su hijo sufría autismo, hecho que hizo nacer y crecer a la novela. Bird, un joven profesor apunto de viajar a África y realizar así su más añorado sueño, se ve obligado a anular el proyecto tras comunicarle que su recién nacido hijo no sólo es deforme, sino que está condenado a una vida vegetal. La impresión que en el lector deja la novela es la de un grito desesperado que se traduce en el descenso a los más horribles infiernos. Y justamente eso es lo que la obra transmite, con la plasticidad y la desnuda autenticidad que tan bien saben reflejar algunos autores japoneses de su generación. El infierno se alimenta del sufrimiento individual, pero crece y se extiende con rapidez hasta formar un pandemonio social, dejándonos estampas tan genuinas como las del caos inmediatamente posterior al lanzamiento de las bombas atómicas en 1945. Se trata, sin duda, de uno de los galardonados con el Nóbel que mejor ha sabido transmitir la inestabilidad emocional, el intrincado y nada complaciente camino hacia la locura. - (Julio 2005)

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