jueves, 15 de octubre de 2009

Compro-miso

Quien además de leer con alguna frecuencia volúmenes de ficción engulla paralelamente críticas literarias, además de algo morboso probablemente será candidato a padecer brotes esquizofrénicos en un futuro no muy lejano. Y quien no entienda el porqué, pues eso, que haga la prueba.

Esta frivolidad viene a cuento porque, si no de forma explícita, tras buena parte de las sesudas críticas al uso se esconden interpretaciones (incluso aserciones a modo de dogmas de fe) sobre la función y el deber ser de la literatura en nuestra sociedad. Algunas son graciosas, incluso ingeniosas, pero otras utilizan púlpitos sectarios envueltos en una hojarasca ampulosa que remiten a vedados e inaccesibles arcanos descifrables sólo por los iluminados críticos.

Para mí, simple mortal pedestre que voy y vengo a trabajar todos los días andando y que sigo arrastrando buena parte de la moralina católica que hasta los genes ha empapado, pues como decía, para mí la literatura sólo distingue entre la ficción de evasión y la de compromiso. La primera, la de pasar el rato, incluso un buen rato, no supone implicación del lector, que se sitúa ante el libro como espectador, externo y distinto del transcurso argumental. La segunda, la literatura de compromiso es la que implica al lector en la obra, invitándole a interpretarla, a hacerla suya y casi a reescribirla.

Siguiendo con la homilía, compromiso también supone, o eso me parece a mí, una actitud activa y más o menos definida del autor ante su tiempo y su espacio (en el sentido más relativista y por tanto subjetivo de la interpretación dimensional), así como una actitud igualmente comprometida con los personajes y con sus cargas vitales. Por supuesto, no hago distingos entre géneros, posiciones ideológicas ni entre ninguna otra etiqueta al uso. Cada cual tendrá las suyas y cuanto más complejas mejor, más enriquecedora será para el lector la experiencia.

En definitiva, compromiso supone diluir -en la medida en que ello sea posible- las barreras entre autor y lector, para lo cual, supongo que el escritor debe dejar algo de sí mismo en cada libro. Y como creo que me explico con cierta farragosa dificultad, vendrá bien un ejemplo. Si alguien representa el compromiso al que me refiero en la ficción española actual es Belén Gopegui, quien quizás no sea una gran narradora, pero sabe implicar al lector como pocos, tanto por la frescura de la perspectiva formal como por la compleja sinceridad que se derrama de sus historias y por el juego dialéctico que propone al lector. Aunque el consejo sea retórico, absténganse y no pierdan su tiempo los ortodoxos, es decir, los que se crean poseedores de la verdad en cualquiera de sus milagreras manifestaciones.


Autor: B. Gopegui
Título: El padre de Blancanieves
Impresión: 6,9

Cuando un inmigrante ecuatoriano culpa a una profesora de instituto de mediana edad por haberlo enviado al paro, en el momento en el que ella protestó al supermercado donde él trabajaba como repartidor por una negligencia en una entrega, su vida, la de la profesora, comienza a girar más rápido, perdiendo sus asideros y chocando con lo que hasta ahora había sido una existencia plácida, o al menos indolora. Se inicia así una obra que poco tiene de novela, construida a base de cuadernos, cartas y manifiestos. La autora propone sin tapujos las vacilantes y tortuosas alternativas que podrían emerger entre las grietas de la dictadura del beneficio. Si bien el fondo del discurso no es en absoluto innovador, sí nos llega fresco y honesto, desde distintas perspectivas, incluida, claro está, la del padre de Blancanieves, quien también tiene sus razones para dejar actuar a la madrastra. La normalidad frente al caótico cáncer de lo no normal, la intervención frente a la inversión o el beneficio individual frente a la razón colectiva, no son más que manifestaciones de los espejos que sólo pueden resolverse en la vivencia. ¿Pero no es también ésta capitalista, individual y egoísta? La irrupción en la obra de varios manifiestos firmados por una entidad colectiva no ayuda a resolver el problema, pero sí contribuye a resaltar la frescura y originalidad de la perspectiva con que se trata. - (Agosto 2008)

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