domingo, 18 de octubre de 2009

Más etiquetas

En la literatura de ficción se da por supuesto la coexistencia de subgéneros serios junto a subespecies de bolsillo, de usar y tirar. La novela histórica, la de aventuras o la de ciencia ficción son algunos de estos denigrados subproductos. Y aunque uno reniegue de etiquetas simplificadoras tan injustas que incluyan en este saco a relatoss como “El siglo de las luces”, "Juliano el apóstata" o la novela que hoy desenpolvo,  por poner sólo tres ejemplos, lo cierto es que, efectivamente, la cantidad de basura que se ha escrito y que puede identificarse con las etiquetas que remiten a estos subgéneros es ingente, imperdonable desde un punto de vista ecológico y desde otras perspectivas menos favorecedoras.

No obstante, recuerdo haber pasado ratos inolvidables acompañado de sagas procedentes de la ciencia ficción: Dune, Hyperion, La Fundación, o la tetralogía iniciada con 2001. También he leído infumables bodrios, pero por fortuna, casi por casualidad me he topado con autores (pocos, todo hay que decirlo) que se elevan por encima del subgénero y nos regalan historias que se despliegan más allá de etiquetas y clichés. Uno de estos especímenes es el polaco y mal conocido Stanislaw Lem, quien utilizó espacios futuristas para construir alegorías sobre aspectos nada intrascendentes de su tiempo y de su gente.




Autor: S. Lem
Título: Memorias encontradas en una bañera
Impresión: 7,1


Novela futurista que recoge el mundo kafkiano de forma original para la época (se publicó en 1961), a pesar de que ahora la podamos encontrar algo trillada, incluso ingenua, en la que reverberan nítidos ecos que nos retrotraen a “El castillo”. En el cuarto milenio d. C. encuentran unas viejas memorias escritas en una época que podría ser la nuestra y que narran las peripecias de un individuo que nada en el absurdo de la burocracia, en la que desaparecen los fines para que pervivan los medios. Espionajes y contraespionajes sin nada que buscar o macro edificios inteligentes que absorben la conciencia individual, son algunos de los elementos cibersatíricos con los que el autor se ceba para realizar una crítica expresionista de nuestra cultura, por lo que en esta ocasión –como en otras de sus novelas- los elementos futuristas no son más que el necesario atrezo que sirve a Len para describir el culmen de una sociedad que en su burocrática esclerosis sacraliza lo instrumental, una vez olvidado su origen finalista. El poso que deja en el lector, más allá de la inmediatez claustrofóbica de la trama, es ácido y pesimista, sensaciones que debieron acompañar a Lem en cuanto a la capacidad humana para construir espacios sociales más respirables; o sea, una reflexión que en absoluto ha perdido actualidad después de medio siglo. - (Febrero 2007)

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