Hoy me limitaré a copiar parte de un artículo aparecido en la web peruana “Moleskine literario”, que recoge un extracto del sugerente prólogo que Carlos Gamarro escribió a propósito del polémico, delirante y rompedor William Burroughs. Porque, junto a afirmaciones rupturistas voluntariamente chirriantes y escandalosas, la visión general sobre la literatura, con relación a otras artes o manifestaciones culturales que el escritor norteamericano más radicalmente crítico del siglo XX deslizó sin ningún pudor, es certera y más que verosímil o, en todo caso, nos permite compartir sus alucinadas -y quizás también- clarividentes perspectivas. Si la literatura se sigue basando generalmente en propuestas decimonónicas, interpretaciones tan radicales como las de Burroghs son las que permiten algún movimiento.
Hay pocas preguntas que le interesen menos a Burroughs que las demasiado transitadas “¿Qué es la literatura?” o “¿Qué es el arte?”. El de Burroughs no es un pensamiento que busque establecer límites sino derrumbarlos; no se trata de buscar diferencias sino continuidades; como cuando sugiere que la publicidad, en su trabajo sobre la interrelación entre palabra e imagen, va por delante de las artes (entre otras cosas, porque se ha liberado de pruritos estéticos); o cuando hace suyo el lema de su amigo pintor Brion Gysin, “la literatura está atrasada cincuenta años con relación a las artes plásticas”, o cuando propone, en The Third Mind, un nuevo paradigma o “nueva alianza” (…) entre ciencia y arte: “Creo que el arte y la ciencia tenderán a fundirse más y más. Los científicos están estudiando el proceso creativo, y creo que la división entre arte y ciencia se derrumbará y que los científicos se volverán más creativos y los escritores más científicos”. Burroughs compartió con sus compatriotas-compañeros de ruta de los ‘50 y los ‘60 el ideal a veces algo vago, por demasiado vasto, de la liberación, entendido no como liberación nacional (ellos eran el imperio, al fin y al cabo) sino personal, o a veces grupal (mujeres, negros, homosexuales): la lucha era contra el “sistema” (denominación omniabarcadora, pero no por ello menos real, que incluye al Estado, al aparato educativo, a los medios masivos y al mercado). Novelas como El almuerzo desnudo y Nova Express proponen la metáfora de la adicción como figura de toda forma de control: en ellas entendemos que vivimos en un mundo de adictos, donde los poderes del Estado y el mercado nos dominan mediante la adicción a las drogas, al dinero, al poder, al consumo, al sexo y a la palabra. Pero si lo que queremos es liberarnos, ¿cómo liberarnos de esta última –la palabra– que, según parece, constituye al ser humano en cuanto tal, lo que nos diferencia, pongamos el caso, de los animales? (…) ¿Se puede combatir a la palabra con palabras? No hay otra manera, nos explicará: la tarea del escritor es trabajar el lenguaje como inoculación, como vacuna; la palabra literaria fortifica el organismo contra las formas más insidiosas del mal; las palabras de los políticos, de los militares, de los comunicadores sociales, de los médicos, los psiquiatras... (…)
Y para finalizar el post de hoy me referiré a uno de sus libros más honíricos y tenebrosamente paranoicos.
Autor: W. S. BurroughsTítulo: El almuerzo desnudo
Impresión: 6,7
Se trata de una obra experimental y desnuda, sin argumento y todo lo pornográfica y delirante que pueda ser la visión del drogadicto terminal: sin límites, sin pudores y con la percepción hiper-realista del que no espera nada, no busca nada o no siente nada, excepto la urgencia del pico como metáfora del sometimiento. Sexo sangrante entre reptiles humanos se mezcla con asesinatos vomitivos o con cirujanos yonquis que ejercen en letrinas. Y todo en un revoltijo sin sentido que no pretende ser entendido, sólo captado a través del golpe onírico de la jeringuilla. La obra, encuadrada en la vena más contracultural y transgresora del autor, exige un apreciable esfuerzo por parte del lector, que se ve forzado a superar la imposibilidad de la rebeldía frente a las normas sintácticas y semánticas establecidas, las cuales coartan cualquier genialidad y sólo se rompen mediante el sueño, las drogas o la locura. ¿Y no son esas drogas la mejor metáfora de nuestra adicción a contextos culturales a los que damos forma y vestimos con textos tan conocidos y repetidos como obvios? No recomendable su lectura en momentos mínimamente depresivos. Para más información consulte a su farmacéutico. - (Febrero 2006)

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