martes, 27 de octubre de 2009

Altares catódicos

En muchas ocasiones hemos oído opiniones del tipo “…la televisión no es buena ni mala, depende del uso que de ella se haga”. De hecho, para mitigar sus efectos perniciosos se crean observatorios y códigos éticos autorreguladores que le otorgan un cierto barniz de arrepentimiento y propósito de enmienda. Pues no, la televisión, al margen de su buen o mal uso, es un instrumento y como tal no puede verse como un artefacto inocuo. ¿Es inofensiva una mina o una granada de mano? Para muchos, -incluidos los telediarios- podrá ser incluso benéfica, siempre que se utilice en “misiones de paz”. Algo parecido aunque menos ruidoso ocurre con la doméstica y domesticadora tele. No voy a entrar en las manidas interpretaciones que hacen del susodicho aparato objeto de adoración capaz de reunir con un solo clic a la sagrada y dispersa familia, vaciándola de contenidos y de relaciones para reducirla a una suma de intercambiables y cómodos silencios…

¿Y la diferencia entre lo público y lo privado (me refiero a la propiedad de los canales)? Pues claro está, tampoco existe, porque hemos convertido en escombreras los espacios públicos para facilitar su gloriosa privatización, metiéndolos a todos en el mismo saco, en el de las peleas torticeras que reducen los contenidos a números, a porcentajes de audiencia que se nutren de nuestra inflamada estulticia, esa que nos iguala con el resto del reino animal.

No seguiré por aquí porque además de muy trillado, el discurso me está quedando bastante panfletario, sobre todo porque no era más que la introducción a una sorprendente y recomendable novela leída hace ya algunos años.




Autor: T. Benacquista
Título: Saga
Impresión: 8,3


¿Es la realidad la que configura la ficción o, al contrario, es la ficción social la que nos impone sus deformados espejos y nos los vende como indolora y objetiva realidad? Este es el trasfondo de un relato en el que en la televisión francesa contratan a cuatro guionistas de medio pelo (una vieja gloria ya olvidada, una escritora romántica, un guionista de películas de acción estafado y un joven novato) para diseñar un culebrón de bajo coste emitido de madrugada. Su sorpresivo e inesperado éxito abrumador moldeará y revertirá (con los correspondientes efectos colaterales) las vidas de los protagonistas paralizando a todo un país. Historia bien desarrollada y nada pretenciosa que va más allá de la descripción de la influencia y los efectos de las apisonadoras mediáticas (no olvidemos que el autor también es guionista), para dirigir su objetivo a las relaciones personales que se establecen entre los guionistas y sus más íntimos anhelos. Y es éste el acierto básico de la novela, porque la sólida construcción de los personajes principales, complejos, contradictorios y vivos, es magnífica. Por otra parte, las referencias al cine y a sus espacios comunes es igualmente de agradecer. - (Marzo 2006)

No hay comentarios:

Publicar un comentario