miércoles, 30 de septiembre de 2009

Premios y promos


Atraído por las loas aparecidas en publicaciones y webs temáticas, me he acercado a la narrativa de Benítez Reyes por primera vez y, sin saber por donde empezar, escojo la última obra publicada imantado por su seductor y algo etéreo título. Según reza la solapa, fue galardonada con el Nadal hace un par de años. Una vez concluída su lectura, uno no puede más que reafirmarse en la convicción de que, con alguna excepción, los premios literarios no son más que un circo mediático en el que editores, distribuidores y medios de comunicación juegan con los lectores que, como en mi caso, seguimos cayendo con alguna fruición en esta burla generalizada.

Siguiendo la costumbre ya iniciada en entradas anteriores, no me referiré a Benítez Reyes ni a su “Mercado de espejismos” hasta que no enfríe y sedimente la huella impresa. Pero ya que estamos entre premios y circos, extraigo un Planeta (circo entre los circos) de hace algunos años. No sólo me sorprendió su escasa calidad literaria, puesto que la simplona y previsible linealidad argumental tampoco son moco de pavo. Pues bien, si de la estulticia libresca también hay que mostrar ejemplos, ahí va uno breve eso sí, porque la cosa tampoco da para más alardes.


Autor: R. Regás
Título: La canción de Dorotea
Impresión: 4,1




Una profesora universitaria que vive en Madrid contrata a una guarda para que cuide y mantenga la casa de su inválido padre en un pueblo catalán. Al morir éste, decide no prescindir de ella, pero el robo de una valiosa joya comenzará a destapar situaciones, hechos y estados emocionales inimaginables para ambas mujeres. En esta novela –premiada con el más que depauperado Planeta- la autora pretende construir un espacio emocional y sensitivo propio, aderezado con algunas gotas de tensión y otras de trama negra. Sin embargo, el resultado es un cúmulo de situaciones tediosas que transcurren por trillados caminos que ni entretienen ni mucho menos sorprenden. Los golpes de efecto se truncan antes de nacer y sólo se termina la obra por la fuerza de la costumbre y por un cierto respeto que uno les sigue prodigando a los escritores, aunque como en esta ocasión, apenas lo merezcan. - (Mayo 2009)

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