domingo, 27 de septiembre de 2009

Dardos errados

Cualquiera que abra y cierre libros con cierta regularidad, en más de una ocasión se habrá visto envuelto en vanas discusiones ociosas en las que se destripan libros para buscar en sus entrañas los huidizos motores causales y las extravagantes energías vitales que les han situado en rústicos altares sobre los que ritualizamos desmayadas interpretaciones apenas sostenidas por los vapores etílicos. Por fortuna, pocos libros merecen este alucinado discernimiento materializado en lenguas estropajosas y narcisistas que fabulan entre las sombras que en el recuerdo olvidó la ficción rememorada.

Algo parecido a eso me ha ocurrido últimamente en varias ocasiones con Coetzee y con su ensalzada “Desgracia”. Si compartir la lectura tiene algo de volver a transitar en compañía por espacios comunes, la idea no es del todo desechable. Pero si ello supone improvisados púlpitos y pomposos discursos milagreros, más nos valdrá quedarnos en la perpetua digresión reanimada por el envolvente vapor etílico. Y para no olvidar a lo que venía antes de hundirme en espesas divagaciones, aquí dejo un esbozo de reseña, porque poco más se puede hacer con un volumen como éste, difícil de abarcar por la modestia que destila la sencillez de su prosa.




Autor: J. M. Coetzee
Título: Desgracia
Impresión: 9,4

Un profesor que imparte seminarios de literatura en la universidad de Ciudad del Cabo, trata de reordenar su vida para hacerla más apacible tras dos divorcios y cierto hastío profesional. Al desaparecer la experimentada prostituta con la que adormecía semanalmente sus instintos, fija su atención en una joven alumna, quien, después de una breve aventura, lo denunciará por acoso. El protagonista renuncia a su defensa en la comisión universitaria creada para investigar el caso y, hastiado, decide viajar al campo, a visitar la granja de su hija, mientras trata de reinterpretar y encauzar su vida hacia parajes más transitables. Sin embargo, un dramático y torturador acontecimiento hará que se redefinan las relaciones con su hija, con su entorno y con su pasado, iniciándose un descenso a los infiernos en el que no faltarán penitencias, rupturas y soledades. Si al Nóbel Coetzee se le ha encasillado en el género de denuncia social, en esta ocasión, aunque el contexto sigue siendo una Sudáfrica con las contradicciones de quien ha perdido una cohesión social injusta pero relativamente estable, el eje argumental central lo encontramos aquí en la soledad que provoca la imposibilidad de una comunicación transparente o unívoca, sustituída por silencios inaprehensibles e interpretaciones interesadas, engañosas y engañadas que hacen algo más indoloro el cotidiano deambular. Sin embargo, de manera natural, el autor va introduciendo otros elementos a partir de juegos metafóricos y paradójicos que poco a poco van enriqueciendo la novela hasta completar un enorme fresco que refleja algunas de las más relevantes palancas que definen y movilizan la naturaleza humana. El tratamiento de los personajes es sorprendentemente limpio, otorgándoles una identidad con las luces y sombras justas, sin alharacas ni adornos fatuos. Son estos personajes y sus relaciones los que, como en distintas capas de otras tantas lecturas, nos enfrentan a referentes argumentales distintos y más extrapolables, como la decadencia y la vejez, las falacias del mito de la autenticidad de lo rural, la domesticación de las pulsiones sexuales que estallan como violentas y dañinas erupciones, las relaciones paterno filiales, la herida mal suturada que sigue enfangando e inutilizando las sendas de acercamiento entre negros y blancos, etc. Y todo ello en un conjunto indisoluble, marcado por un estilo magistralmente sobrio y pausado, aunque tampoco faltan algunos momentos de hermoso lirismo (como la parábola del perro domesticado o la distopía que emana del argumento de una modesta ópera que el profesor trata de componer alrededor de Byron). En fin, una novela excelente por auténtica, sincera, honesta y compleja en cuanto a los temas tratados, a la vez que sencilla en su presentación… ¿Podemos pedir algo más? Pues sí, un desenlace nimio y desesperadamente tierno, como un punto y seguido al borde de la nada, sin las tramposas concesiones ni los guiños editoriales a los que nos han habituado los best-sellers de usar y tirar. – (Junio 2009)

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