miércoles, 23 de septiembre de 2009

Lo que hay que hacer para ganarse el pan

Revisando el blog o lo que de él ya he emborronado me percato de que, con mayor o menor tino, puede empezar a apreciarse una cierta variedad de estilos y géneros, pero también de rasguños, sonrisas e indiferencias, en función de la huella que dejaron, a pesar de que todavía no se han incluido reseñas punitivas, ni mucho menos beligerantes. Desde luego ello no se debe a mi acierto como lector y, ya que la brújula que orienta mi criterio está algo desnortada, he de reconocer que también he tragado no pocos libelos, incluso bazofia en estado puro, con el pretexto de no estrechar mi mundo literario hasta reducirlo a un tenebroso rincón intelectualoide con olor a orín de gato. Repito ahora que la mayor parte de estas reseñas las omitiré en virtud de cierta compostura mal entendida y, además, de poco serviría contribuir a ensuciar lo que ya de por sí nació emporcado, difundiendo su hedor a los cuatro vientos a través de promociones ciertamente bochornosas.

Esta diatriba viene a cuento por dos razones. La primera es que, aunque ya han aparecido varios géneros en el blog, todavía falta, entre otros, uno de los que más estantes ha combado y sonrojado en supermercados y librerías. Me refiero, claro está, al maltratado género histórico, con el cual, salvando muy honrosas excepciones, podría erigirse una hermosa hoguera purificadora. La segunda razón tiene que ver con las promociones literarias. Desde hace semanas y quizá meses, incluso en prensa generalista, se está publicitando con objetiva benevolencia la última novela de Ildefonso Falcones. No me referiré a ella porque no la he leído. Sin embargo, sí traicionaré la intención inicial de no aludir a volúmenes que, junto a su nula aportación literaria, podrían tacharse de desaprensivos. Algún día habrá que debatir sobre el porqué de la elección del paraguas histórico bajo el cual muchos autores se han escudado para irrumpir con palabras, intenciones y renglones torcidos y vacíos con pretensiones casi exégetas. Como ejemplo, extraigo ahora del contenedor otra novela del autor citado más arriba que, todo hay que decirlo, no es ni mucho menos la peor de las que en mis manos han caído.


Autor: I. Falcones
Título: La catedral del mar
Impresión: 4,0


En el S. XIV, un siervo de la tierra se ve obligado a huir a Barcelona con su pequeño hijo. Su empeño será obtener la carta de ciudadanía, iniciándose así una serie de aventuras que pronto se verán ligadas a la construcción del más grande templo popular dedicado al mar. Será el niño el que tenga que culminar los sueños del padre, enfrentándose a una nobleza anquilosada y ancestral. Obra ideada con alguna pulcritud, crece y se desarrolla alimentándose de todos los tópicos y simplezas más tramposos del género. Personajes sin relieve alguno y situaciones de culebrón que buscan la fibra más sensiblera del lector. Pese a todas sus trampas, como cualquier culebrón bien planificado, es capaz de enganchar (y espero que no de seducir) con sus baratas caracterizaciones maniqueas, sus escenarios de cartón piedra y sobre todo con sus más que tediosos golpes de efecto. En fin, todo un clásico. – (Noviembre 2007)

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