Acabo de finalizar una novela que, además de divertir, homenajea al ingenuo cientifismo imperante en las últimas décadas del siglo XIX y a los padres de la ciencia ficción que, como Wells o Verne, se subieron al carro de la ficción científica para deslumbrar a sus coetáneos con imaginativos desvaríos mecanicistas. Dejaré enfriar el libro y a él me referiré otro día. Sin embargo, al hilo del comentario, rescataré ahora un volumen polvoriento, firmado por uno de estos precursores de la c.f.
Título: La isla del Dr. Moreau
Impresión: 5,2
Un náufrago inglés es recogido por un médico que viaja a una pequeña isla de la que es reacio a dar detalles. Una vez allí, el recién llegado descubrirá horrorizado experimentos que construyen bestias humanoides mediante la vivisección. La novela fue escrita a comienzos de la carrera literaria del autor, antes de finalizar el siglo XIX. Esto implica cierta tosquedad en la trabazón argumental y un estilo narrativo más bien pobre, asunto éste que Wells asumía con indiferencia. La obra tampoco es del todo original, puesto que se nutre de influencias robinsonianas, del modelo personificado por Frankenstein o de tendencias biológicas en boga. Sin embargo, como precursor de la ficción fantástica junto a Verne, genera todo un despliegue imaginativo que, aunque algo rudimentario, introduce en un mismo argumento elementos fantásticos, de terror, de ficción y de aventuras. A diferencia de Verne, Wells no percibe la ciencia como una evolución lineal ajena al hombre, sino que, como la propia humanidad que la genera, se impregna con frecuencia de sus bajezas morales. Eso supone, por ejemplo, que la sensibilidad social del autor también contribuya al molde argumental, especialmente en las relaciones simbióticas entre hombres y animales:
“(…) a la característica necedad del hombre sumaba prodigiosamente la estupidez natural del mono”.
No se trata de su mejor obra di de la más conocida, pero de vez en cuando no rompemos nada por reencontrarnos con las lecturas adolescentes que algún poso dejaron. - (Febrero 2009)
“(…) a la característica necedad del hombre sumaba prodigiosamente la estupidez natural del mono”.
No se trata de su mejor obra di de la más conocida, pero de vez en cuando no rompemos nada por reencontrarnos con las lecturas adolescentes que algún poso dejaron. - (Febrero 2009)

No hay comentarios:
Publicar un comentario