En esta primera tarde otoñal, cariacontecida y hosca, lluviosa y desapacible que irrumpe sin avisar, como a trasmano, a uno le vienen a la memoria otras imágenes de espacios y tiempos literarios paralelos, nacidos del sueño o de la añoranza de los autores que los hicieron posibles. Todos recordamos Macondo, Santa María (Onetti) o la Comala que transitó Pedro Páramo; pero también aquí tenemos ejemplos de personajes que vivieron en tierras imaginadas. De esas ficciones escénicas recreadas, me quedo y retengo ahora con especial agrado a Mágina (de Muñoz Molina) y a la tortuosa y torturada Celama. A la primera me referiré otro día, quedándome ahora en la arisca –pero tremendamente evocadora- ensoñación rural que Luis Mateo Díez hizo de Celama.
Título: La ruina del cielo
Impresión: 8,6
"Celama es el espejo no del esplendor del cielo sino de su ruina". Es éste el entorno simbólico rural creado por el autor y que se erige en novela central de la trilogía dedicada a Celama. Vista desde los ojos de un médico que el destino allí ha arrumbado durante las primeras décadas del pasado siglo, la obra se construye como una serie de cuadros sencillos y nimios, antimíticos y cercanos, donde poco a poco se van almacenando muertos, hasta convertirse en un gran obituario de gentes que en vida apenas conservaron en pie su nombre y que sólo la muerte ha dignificado y congraciado con el cosmos. Porque Celama es tierra dura y hosca, tan inhóspita como sus pedregales declaran. Surgen así una serie de relatos melancólicos y grises esbozados de manera pausada pero pertinaz, casi irritante. Quizás el autor no sea un gran cuentista; de hecho, la mayoría de los relatos carecen de un tiempo en el que transcurrir, como le ocurre al propio Celama, petrificado en su miseria desde hace diez siglos. Sin embargo, la prosa es en muchas ocasiones evocadora y hermosa, saturada de significados estoicos. El lector también es pausado a la hora de atravesar la comarca, porque los argumentos y sus finales son conocidos y sólo nos retiene el hermoso sabor de las palabras. – (Enero 2009)
"Celama es el espejo no del esplendor del cielo sino de su ruina". Es éste el entorno simbólico rural creado por el autor y que se erige en novela central de la trilogía dedicada a Celama. Vista desde los ojos de un médico que el destino allí ha arrumbado durante las primeras décadas del pasado siglo, la obra se construye como una serie de cuadros sencillos y nimios, antimíticos y cercanos, donde poco a poco se van almacenando muertos, hasta convertirse en un gran obituario de gentes que en vida apenas conservaron en pie su nombre y que sólo la muerte ha dignificado y congraciado con el cosmos. Porque Celama es tierra dura y hosca, tan inhóspita como sus pedregales declaran. Surgen así una serie de relatos melancólicos y grises esbozados de manera pausada pero pertinaz, casi irritante. Quizás el autor no sea un gran cuentista; de hecho, la mayoría de los relatos carecen de un tiempo en el que transcurrir, como le ocurre al propio Celama, petrificado en su miseria desde hace diez siglos. Sin embargo, la prosa es en muchas ocasiones evocadora y hermosa, saturada de significados estoicos. El lector también es pausado a la hora de atravesar la comarca, porque los argumentos y sus finales son conocidos y sólo nos retiene el hermoso sabor de las palabras. – (Enero 2009)

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