sábado, 18 de agosto de 2012

Etiquetas perdidas y pérdidas etiquetadas

Fray Luis retornaba a las aulas como si no hubiera ocurrido nada desde el último encuentro, pero no es así. Entre otras cosas nos topamos ahora con unas cuantas lápidas recién estrenadas. De ellas, la de Carlos Fuentes y la de Gore Vidal llaman la atención del visitante despistado. Carlos había emborronado buena parte de su imagen literaria durante los últimos años, no solo con obras mediocres, sino con declaraciones públicas sobre la literatura más bien desenfocadas. Sin embargo –pelillos a la mar-, ¿cómo olvidar a Artemio o a Aura?


Gore era distinto, pues sus declaraciones siempre fueron a tono con su inconformismo con el modelo social de su país. Si repasamos los obituarios aparecidos en prensa, salvo excepciones, es fácil corroborar qué alejados están de lo que ha supuesto el escritor norteamericano. Unos periodistas se copian a otros y el efecto dominó amplifica los desatinos con insólita desvergüenza reiterada.


Que el verano afloja el seso está fuera de duda. Hace ya algún tiempo había leído opiniones zafias vertidas por Paulo Coelho. Entre otras sandeces propias de su cultura de baratillo, se permitía aconsejar a sus jóvenes adeptos que se alejaran de autores clásicos como Faulkner, aduciendo que la complejidad de su obra no merece el esfuerzo de ser leída. Alguna razón le asiste, sobre todo si tenemos en cuenta la simpleza idiotizada de sus escritos. No tendría mayor importancia si no fuera porque, según las listas twitteras, este profeta de medio pelo, reblandecido e intelectualmente yermo acapara un número de seguidores insólito, buena muestra de la cultura que consumimos, cada vez más distante de cualquier asomo reflexivo.


Pues bien, todavía con mayor asombro leía hace unas semanas que el señor Coelho consideraba al Ulises de Joyce una obra tan mediocre que era capaz de reducirla a un twit. En cierto modo no es de extrañar, ya que probablemente sí sería posible reducir a no más de dos o tres frases la aportación literaria de este apologeta de la autoayuda más pueril. En fin, habrá que reabrir el cajón de “censurados” para incluir las gloriosas joyitas artísticas de este desértico cerebro. A este paso cualquier día nos lo encontramos en los textos educativos que tratan de fomentar el intelecto crítico de nuestros jóvenes.


Para empezar el curso con paso firme, dejo a continuación la impresión de la reciente relectura de una de las obras más magnéticas de Fuentes, a la que he vuelto a acudir durante estas vacaciones. A Coelho tal vez le parecerá pornógrafa y amoral, aunque más probablemente, simplemente no la entendería.




Autor: C. Fuentes
Título: Aura
Impresión: 8,3




A Carlos Fuentes se le ha criticado hasta la saciedad el que durante las dos últimas décadas se haya limitado a publicar narraciones de poca sustancia y ensayos que no pasarán a la historia por su lucidez. Es muy posible, pero eso no puede ensombrecer la indudable calidad de algunas de sus novelas anteriores y, sobretodo, de unas cuantas narraciones cortas magníficas.


Aura es una de esas novelas cortas espléndidas, tal vez la más lograda, que publicó a principios de los años sesenta y que, en medio centenar de páginas compendia la esencia de algunas de las mejores características del ahora casi denostado Boom literario latinoamericano. En ocasiones se ha tachado al relato de obsceno, incluso de sacrílego, ocultándolo a las generaciones más jóvenes. Quien eso hacía, además de una asombrosa estrechez de miras, mostraba su total incapacidad de leer más allá de lo anecdótico, de penetrar uno de los mundos simbólicos más ricos y sugerentes que nos regaló el Boom.


Un joven licenciado acude a un oscuro y opresivo caserón atraído por los honorarios que promete un anuncio aparecido en prensa. Allí encuentra a una anciana que le indica que su trabajo consistirá en ordenar y redactar las memorias de su marido, un general muerto hace unas cuantas décadas que participó en la guerra franco prusiana. Junto a la anciana, el protagonista encontrará a Aura, una enigmática y hermosa joven que asiste a la dueña y que ejercerá de palanca simbólica para impulsar el desarrollo de la historia.


"No volverás a mirar tu reloj, ese objeto inservible que mide falsamente un tiempo acordado a la vanidad humana, esas manecillas que marcan tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero, el tiempo que ocurre con la velocidad insultante, mortal, que ningún reloj puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años: ya no te será posible imaginar esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo."


En efecto, el tiempo como linealidad, como demarcación, como promesa de nacimiento, de reproducción y de podredumbre y, desde otra perspectiva, el tiempo como círculo, como repetición, como remanso o como ausencia. Esa presencia agobiante de la dictadura temporal se agudiza con una narración en segunda persona (casi bíblica), que huye de la tradicional manera de relatar en tiempo pasado para instalarse en un presente intercalado con pasajes en futuros que inducen al determinismo de esa circularidad estéril que nada crea, que se limita a reproducir -espacio tradicional de la mujer- mediante escenarios rituales (de los que se nos muestra un buen puñado de ejemplos) tan viejos como la propia Tierra. El desenlace no es nuevo ni imprevisible, pero la tensión (también sexual) que el autor va inyectando de manera dosificada todavía hoy permite releer el relato con deleite renovado. Por cierto, que gustará especialmente a los amantes de los espacios simbólicos y de las tradiciones rituales. – (Julio 2012)

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