sábado, 13 de noviembre de 2010

Acasa, que viene el lobo

Abro el periódico y comienzo a leer, con el interés y la seriedad que requiere el tema, las noticias relacionadas con las conclusiones del G-20 en su ¿cumbre? De Seúl. Estados Unidos dice –más o menos- que seguirá teniendo engrasada la maquinita de los dólares y que mientras crezca más que Europa no quiere regulaciones cambiarias ni en pintura. Por su parte, China mantendrá una moneda tirada por los suelos, con salarios todavía más bajos y sin regulación laboral, que para eso son la envidia de las economías occidentales. Mientras tanto, Europa se entretiene en peleas internas que tienen que ver con el respaldo de la deuda de los países más blanditos. Por cierto, que en esta pelea, el gobierno socialista español mantiene la defensa de los inversores privados, quienes no deberían verse perjudicados en caso de impagos. Es decir, que ellos montan la juerga, se lo pasan pipa especulando, subiendo y bajando el precio de los intereses de la deuda en una divertidísima y macabra montaña rusa y, cuando salen del casino ya aburridos y borrachos, viene el representante español y, con más miedo que vergüenza les dice que pueden irse a la próxima jarana, que esta fiesta la paga la casa.

En fin, supongo que se deberá a que mis conocimientos económicos son muy limitados, porque si no, la cosa es para acojonarse. Y eso que estamos en un país medianamente rico. ¿Qué opinará sobre el tema un ciudadano hondureño o somalí? La verdad, era más divertido el periódico cuando estos días de atrás informaba sobre la visita del Papa. ¡Eso sí que era una juerga!


Autor: I. Rosa
Título: El país del miedo
Impresión: 6,0



En este volumen el autor nos desenmascara la realidad diaria y cercana, ésa que se huele y se toca, de un mundo amenazador y hostil mediante la construcción de una trama argumental amparada débilmente en la ficción novelesca, en el que afloran todos los miedos cotidianos que diariamente nos acechan y con los que hemos aprendido a convivir, domesticándolos y haciéndolos digeribles: el miedo al robo, a la extorsión, al atentado, a la enfermedad, al dolor, a tocarnos, al accidente, a la tortura, al paro, al inmigrante, al gitano, a la mirada imprevista, etc. Como no podía ser de otra forma, la tesis mantenida por Rosa abunda en el hecho de que se trata de miedos inducidos por el poder, que los instrumentalizan para legitimar su perpetuación, con el fin de que perdamos de vista otros miedos menos perceptibles, haciéndonos vulnerables y sensibles a sus políticas de reordenación. Así, de la misma forma que contratamos seguridad privada, nos hacemos partícipes de la necesidad de limitar la inmigración o nos manifestamos para que los terroristas cumplan las penas íntegras. El estilo es directo y eficaz, consiguiendo que el lector sea cómplice de Carlos, un padre de familia acomodado y progre, pero algo pusilánime y tremendamente temeroso de los fantasmas más cotidianos, aunque haya aprendido a vivir incorporando sus miedos en una apariencia de normalidad que es justamente eso, sólo apariencia. El mensaje de la obra es pertinente, atractivo y prometedor; sin embargo, la forma de transmitirlo es elocuente y precisa, si bien monocorde y poco literaria. Además, la necesidad de crear un sostén argumental mínimamente coherente y con visos de verosimilitud para su tesis no termina de cuajar, diluyendo y quitando fuerza a un argumento cercano y acertado. En todo caso, se trata de una forma diferente de enfocar la narrativa, en la que se difuminan las fronteras con el ensayo, lo que no es poco en los tiempos que corren. – (Marzo 2010)






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