Cuando iniciaba ayer este puente en el que conviven de manera apacible, indiferenciada y con dudoso gusto todos los santos junto a las fantasmagóricas caricaturas de halloween, me topé, volviendo a casa como todos los días por la madrileña calle de Lope de Vega, con una multitud que quería mostrar públicamente su respeto a Marcelino Camacho. ¿Cómo no unirse a ellos?
Alguien me comentó que había sido el más grande, a pesar de que defendiera derechos y postulados de otros tiempos. Me mordí la lengua, permanecí callado y apreté el puño en señal de indignación y como prueba de respeto. ¿Derechos de otros tiempos? O tal vez sí, porque algunos de esos derechos, que tanto costó conquistar a gente como Marcelino, no los volverán a ver, ni siquiera a soñar, las generaciones que ponen ahora el pie por primera vez en el truculento mercado de trabajo. ¿Derechos de otros tiempos? Así nos va.
Hace menos de dos meses traía al blog a Claudio Magris y a su hermoso viaje por El Danubio. No tenía la intención de retomarlo tan pronto, pero no se me ocurre mejor prueba de mi respeto hacia lo que ha supuesto Marcelino Camacho que el honesto testimonio de otra de las publicaciones del escritor triestino leída recientemente.
“A ciegas” tiene como uno de sus primeros objetivos destripar y poner patas arriba las formas de la novela clásica y ofrecer (o disparar) al lector una serie de ráfagas, de fogonazos fragmentarios, a veces incisivos, otras limpios y precisos, en ocasiones poéticos, pero también tenebrosos y herméticos, a través de más de noventa capítulos que son eso, visiones fugaces y atomizadas que en el recuerdo deformado deja el asidero común de toda una generación. Un anciano senil y demente despliega desde un psiquiátrico de forma caótica unas cuantas imágenes atormentadas y desencantadas que en las alforjas de la historia dejó todo el siglo XX, como si se tratara de rendir cuentas con la única prueba de un viejo álbum de fotos desordenado y ajado, vida que ha estado dedicada monolíticamente al servicio de la causa comunista, causa que ahora se muestra fraudulenta, agotada y vacía después de caer el muro de Berlín. El protagonista luchó en España y vivió las contradicciones que llevaron a que comunistas y anarquistas se mataran entre ellos en las calles de Barcelona. También visitó y vivió en sus carnes el horror del lager de Dachau, y volvió al campo de trabajo, esta vez en Yugoslavia, cuando Tito frustró algunas de las pretensiones de Stalin en aquellas tierras, terminando finalmente con sus huesos en el exilio del hemisferio austral. ¿Sirvió de algo tanto sufrimiento?
Autor: C. Magris
Título: A ciegas
Impresión 7,7
“A ciegas” tiene como uno de sus primeros objetivos destripar y poner patas arriba las formas de la novela clásica y ofrecer (o disparar) al lector una serie de ráfagas, de fogonazos fragmentarios, a veces incisivos, otras limpios y precisos, en ocasiones poéticos, pero también tenebrosos y herméticos, a través de más de noventa capítulos que son eso, visiones fugaces y atomizadas que en el recuerdo deformado deja el asidero común de toda una generación. Un anciano senil y demente despliega desde un psiquiátrico de forma caótica unas cuantas imágenes atormentadas y desencantadas que en las alforjas de la historia dejó todo el siglo XX, como si se tratara de rendir cuentas con la única prueba de un viejo álbum de fotos desordenado y ajado, vida que ha estado dedicada monolíticamente al servicio de la causa comunista, causa que ahora se muestra fraudulenta, agotada y vacía después de caer el muro de Berlín. El protagonista luchó en España y vivió las contradicciones que llevaron a que comunistas y anarquistas se mataran entre ellos en las calles de Barcelona. También visitó y vivió en sus carnes el horror del lager de Dachau, y volvió al campo de trabajo, esta vez en Yugoslavia, cuando Tito frustró algunas de las pretensiones de Stalin en aquellas tierras, terminando finalmente con sus huesos en el exilio del hemisferio austral. ¿Sirvió de algo tanto sufrimiento? Pero Salvatore Cipico es –como casi todos- fundamentalmente un viajero y el viaje es siempre búsqueda, pero también huída, y de tal manera huye que llega a confundirse y a desdoblar su demencia en otro personaje, Jorgen Jorgensen, un danés que llegó a ser efímero rey de Islandia y que fue enviado como prisionero a Australia un siglo antes. ¿Y la búsqueda? La búsqueda (como les ocurrió a Jasón y a sus argonautas) persigue de manera obsesiva el vellocino de oro, que a veces refleja toda la solidaridad humana plasmada en una bandera roja, pero que casi siempre se trastoca en su origen material, en una piel ajada que ha perdido cualquier atisbo de valor que en algún momento pudiera haber tenido. El volumen tiene tantos altibajos como el propio siglo, pero el proyecto es más que interesante, aunque este intento de llevar a la ficción lo que de manera natural habría sido un ensayo, no termina de redondearse. Por cierto, que también Medea encontrará su sitio, junto o frente a Jasón, porque con igual intensidad ella contribuyó a moldear el siglo. – (Septiembre 2010)
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