Hablaba el otro día de Magris y de mi endeble formación como lector por descubrirlo ahora, más de dos décadas después de publicarse “El Danubio”, su obra más difundida.
Se trata de una obra pretenciosa, sin falsas modestias, con la serena y ecuánime seguridad del que sabe que conoce, del que ha preparado la lección a conciencia. Aún caliente en la memoria, podría resaltar muchas cosas que me han impresionado gratamente, pero me quedaré sólo con la enorme generosidad intelectual de Magris a la hora de asimilar las vicisitudes europeas (políticas, económicas, sociales y artísticas) del último siglo; porque todo nace y crece con alguna lógica, porque nada es blanco o negro, porque las etiquetas nos empobrecen, porque hasta el más deprabado asesino también fue niño y tal vez suscitó cariño y ternura. Los artistas no siempre han sido ejemplares en el transcurso de sus vidas, pero ahí está su arte, su cara y su cruz, el de Strauss y el de Shostakovich, el de Céline y el de Hamsun. En fin, todo eso es Europa, contradicción y lirismo, arte y miseria, y es lo que trata de transmitirnos Magris a lo largo de este magnífico paseo por El Danuvio.
Se podrá o no estar de acuerdo con él, con su idea europea, con su imperdonable olvido de algunos escritores del siglo XX que también crecieron junto al río, pero todo deja de tener importancia si descendemos el río cogidos de su mano, respirando y dejándonos impregnar de su lírica mirada, a veces cansada pero, casi siempre, con el brillo infantil de lo ilusorio, como el que observa lo cotidiano como si siempre lo viera por primera vez.
Autor: C. Magris
Título: El Danubio
Impresión: 9,0
Es posible (aunque no está del todo claro) que “El Danubio” no sea una obra de ficción, sino nada más y nada menos que un hermosísimo libro de viaje, que acompaña al lector desde sus dubitativos orígenes en la selva negra hasta su sosegada desaparición en el Mar igualmente Negro. El Danubio es para Magris el río europeo por excelencia; el que simboliza ese factor común que nos permite hablar de Europa y soñar con una “Mitteleuropa” pilotada (pero no dominada) por la cultura germánica. Pero Europa también es y ha sido horror, frontera sangrienta y movediza, lager nazi y campo de trabajo comunista, empeño de los Hunos y de los turcos, bastión de los Habsburgo y antes, frontera que delimitó la civilización de la barbarie según la perspectiva imperial de Roma. Todo eso es el Danubio, pero también –y sobre todo- es idealización, literatura y música, arte que fluye, pasado y futuro en movimiento, joven y prometedor presente, Heráclito y Parménides al otro lado de la controversia, etc. Y el Danubio también es, por supuesto, vida en sus diferentes etapas y bajo todas las formas posibles, desde su nacimiento mínimo hasta los detritus del delta, pasando claro, por la magnificencia austríaca o la perpetua reivindicación magiar. Según se avanza por el río, se hacen patentes también las diferencias culturales, económicas y políticas, pasándose de la caótica, fragmentaria y genial iniciativa capitalista al mecanicismo planificado –y a la vez solidario- de los países del este (téngase en cuenta que se escribió casi tres años antes de la caída del muro de Berlín). Pero “El Danubio” es fundamentalmente una muestra de tolerancia intelectual en la que caben genios como Kafka, Mann, Müsil o Canetti, pero también quedan reflejados escritores que defendieron los totalitarismos más degenerados del siglo XX, como Pirandello, Céline o el desheredado Hamsun. “El Danubio” rechaza la visión totalizadora de Europa para fijar el foco en el fragmento, en trocitos de historia olvidados, en las minorías étnicas y culturales, etc. Es, en definitiva, una más que lograda metáfora de la Europa que fue, y de la que quiere ser, con sus luces y hermosos recodos, pero sin obviar sus sombras, muchas de las cuales todavía escuecen. – (Septiembre 2010)
Se trata de una obra pretenciosa, sin falsas modestias, con la serena y ecuánime seguridad del que sabe que conoce, del que ha preparado la lección a conciencia. Aún caliente en la memoria, podría resaltar muchas cosas que me han impresionado gratamente, pero me quedaré sólo con la enorme generosidad intelectual de Magris a la hora de asimilar las vicisitudes europeas (políticas, económicas, sociales y artísticas) del último siglo; porque todo nace y crece con alguna lógica, porque nada es blanco o negro, porque las etiquetas nos empobrecen, porque hasta el más deprabado asesino también fue niño y tal vez suscitó cariño y ternura. Los artistas no siempre han sido ejemplares en el transcurso de sus vidas, pero ahí está su arte, su cara y su cruz, el de Strauss y el de Shostakovich, el de Céline y el de Hamsun. En fin, todo eso es Europa, contradicción y lirismo, arte y miseria, y es lo que trata de transmitirnos Magris a lo largo de este magnífico paseo por El Danuvio.
Se podrá o no estar de acuerdo con él, con su idea europea, con su imperdonable olvido de algunos escritores del siglo XX que también crecieron junto al río, pero todo deja de tener importancia si descendemos el río cogidos de su mano, respirando y dejándonos impregnar de su lírica mirada, a veces cansada pero, casi siempre, con el brillo infantil de lo ilusorio, como el que observa lo cotidiano como si siempre lo viera por primera vez.
Autor: C. Magris
Título: El Danubio
Impresión: 9,0
Es posible (aunque no está del todo claro) que “El Danubio” no sea una obra de ficción, sino nada más y nada menos que un hermosísimo libro de viaje, que acompaña al lector desde sus dubitativos orígenes en la selva negra hasta su sosegada desaparición en el Mar igualmente Negro. El Danubio es para Magris el río europeo por excelencia; el que simboliza ese factor común que nos permite hablar de Europa y soñar con una “Mitteleuropa” pilotada (pero no dominada) por la cultura germánica. Pero Europa también es y ha sido horror, frontera sangrienta y movediza, lager nazi y campo de trabajo comunista, empeño de los Hunos y de los turcos, bastión de los Habsburgo y antes, frontera que delimitó la civilización de la barbarie según la perspectiva imperial de Roma. Todo eso es el Danubio, pero también –y sobre todo- es idealización, literatura y música, arte que fluye, pasado y futuro en movimiento, joven y prometedor presente, Heráclito y Parménides al otro lado de la controversia, etc. Y el Danubio también es, por supuesto, vida en sus diferentes etapas y bajo todas las formas posibles, desde su nacimiento mínimo hasta los detritus del delta, pasando claro, por la magnificencia austríaca o la perpetua reivindicación magiar. Según se avanza por el río, se hacen patentes también las diferencias culturales, económicas y políticas, pasándose de la caótica, fragmentaria y genial iniciativa capitalista al mecanicismo planificado –y a la vez solidario- de los países del este (téngase en cuenta que se escribió casi tres años antes de la caída del muro de Berlín). Pero “El Danubio” es fundamentalmente una muestra de tolerancia intelectual en la que caben genios como Kafka, Mann, Müsil o Canetti, pero también quedan reflejados escritores que defendieron los totalitarismos más degenerados del siglo XX, como Pirandello, Céline o el desheredado Hamsun. “El Danubio” rechaza la visión totalizadora de Europa para fijar el foco en el fragmento, en trocitos de historia olvidados, en las minorías étnicas y culturales, etc. Es, en definitiva, una más que lograda metáfora de la Europa que fue, y de la que quiere ser, con sus luces y hermosos recodos, pero sin obviar sus sombras, muchas de las cuales todavía escuecen. – (Septiembre 2010)

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