En una entrada del pasado mes de julio hacía alusión a algunos de los libros que pensaba leer durante las vacaciones. No sabría decir por qué, pero el caso es que sólo he leído uno de ellos. Los demás han quedado relegados por azar o por propia voluntad a esa lista de espera que cada vez está más concurrida y animada. Por azar he leído la última obra de González Sáinz, una novela corta que ha aparecido siete años después de la última publicación del escritor soriano, con la que obtuvo el Premio Herralde en 2003.
En efecto, se trata de una lectura debida al azar, ya que sólo conocía al autor por sus traducciones de Magris, al que también he leído ahora (a éste no por casualidad), pues lo tenía en cartera desde hace años. Leer a González Sáinz se ha debido, en primer lugar, a que me regalaron su libro. En segundo término, al tratarse de una novela corta, su reducido peso hace que se amolde bien a los desplazamientos veraniegos.
Pero lo que me hizo decantarme realmente por esta novela fue haberme topado al menos con tres elogiosas críticas en prensa. Pues bien, como ya me había ocurrido en otras ocasiones, no debo de estar a la altura de estos sesudos críticos, pues la experiencia, si no del todo decepcionante, sí puedo calificarla de fría, insulsa y algo superficial.
En general no soy amigo de argumentos protagonizados o contados por niños, ya que en muchos casos su ingenuidad sirve a los autores para derrochar simplezas demagógicas disfrazadas de ingenua autenticidad, de falta de malicia, de dificultad para asumir desvencijados ritos, etc. Creo que los niños no son los únicos instrumentos de los que se valen muchos escritores para exponer un sistema de creencias más o menos simplón. Otros detonantes son los que sitúan a los protagonistas en escenarios extremos, que facilitan la aparición de santos y demonios sin matices buenísimos o malísimos: contiendas bélicas, dictaduras sanguinarias, fanatismo terrorista, etc. Éste es el caso de González Sáinz, quien desarrolla una parábola rousseauniana –o eso me ha parecido- en la que el terrorismo etarra pasa a ser el contrapeso de una forma de ser y de actuar basada en el sentido de la justicia que se desprende de la vuelta a los orígenes, de la sencillez de lo rural o del ancestral sentido ético transmitido por nuestros mayores. Una pena, porque había esperado más del magnífico traductor de Magris.
En efecto, se trata de una lectura debida al azar, ya que sólo conocía al autor por sus traducciones de Magris, al que también he leído ahora (a éste no por casualidad), pues lo tenía en cartera desde hace años. Leer a González Sáinz se ha debido, en primer lugar, a que me regalaron su libro. En segundo término, al tratarse de una novela corta, su reducido peso hace que se amolde bien a los desplazamientos veraniegos.
Pero lo que me hizo decantarme realmente por esta novela fue haberme topado al menos con tres elogiosas críticas en prensa. Pues bien, como ya me había ocurrido en otras ocasiones, no debo de estar a la altura de estos sesudos críticos, pues la experiencia, si no del todo decepcionante, sí puedo calificarla de fría, insulsa y algo superficial.
En general no soy amigo de argumentos protagonizados o contados por niños, ya que en muchos casos su ingenuidad sirve a los autores para derrochar simplezas demagógicas disfrazadas de ingenua autenticidad, de falta de malicia, de dificultad para asumir desvencijados ritos, etc. Creo que los niños no son los únicos instrumentos de los que se valen muchos escritores para exponer un sistema de creencias más o menos simplón. Otros detonantes son los que sitúan a los protagonistas en escenarios extremos, que facilitan la aparición de santos y demonios sin matices buenísimos o malísimos: contiendas bélicas, dictaduras sanguinarias, fanatismo terrorista, etc. Éste es el caso de González Sáinz, quien desarrolla una parábola rousseauniana –o eso me ha parecido- en la que el terrorismo etarra pasa a ser el contrapeso de una forma de ser y de actuar basada en el sentido de la justicia que se desprende de la vuelta a los orígenes, de la sencillez de lo rural o del ancestral sentido ético transmitido por nuestros mayores. Una pena, porque había esperado más del magnífico traductor de Magris.
Autor: J. A. González Sáinz
Título: Ojos que no ven
Impresión: 5,5
En los años de la emigración, Felipe Díaz se ve obligado a abandonar su pueblo castellano cuando pierde su trabajo en una imprenta. Junto a su mujer y su hijo buscan suerte en uno de los suburbios guipuzcoanos que crecen con rapidez. Nunca se adaptará al nuevo entorno pues el sosegado camino a su huerta es sustituido por la cuneta de una carretera que transita diariamente hasta su nuevo empleo. Sin embargo, Amparo, su mujer, y su hijo Juanjo asimilan con facilidad la nueva situación, de tal manera que cuando se quieren dar cuenta el niño ya es adulto, habiendo sustituido el entorno familiar por otro más autóctono y peculiar: el terrorismo nacionalista de ETA. En esta novela corta el autor enfrenta la ética genuina y ancestral de lo simple, de lo pegado a la tierra, del saber sencillo y sin fisuras de nuestros mayores, a la violencia moderna, irracional y ciega que justifica su radicalidad en símbolos vacíos y que no duda en erigirse en pequeños dioses para decidir quién y quién no debe morir. González Sainz construye una parábola de la incomprensión contemporánea, pero para hacerlo escoge ejemplos extremos de forma un tanto torticera, pues mientras se regodea en describir la pureza ancestral del sistema de creencias de nuestros padres, en ningún momento se pone en el otro lado, sino que lo caricaturiza y simplifica de forma premeditada, sin el menor interés por entenderlo. Y es así como termina cayendo en un cuento de buenos y malos sin matices, en blanco y negro, con algunos trazos demasiado gruesos. – (Agosto 2010)

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