Cuando alguien cercano plantea con serena tranquilidad la posibilidad de desaparecer, de dejar de ser, el reflejo inmediato no es negar la propuesta (somos demasiado abiertos, respetuosos y modernos para tanta negativa), sino esconder la cabeza y escudarnos en espejismos y reflejos, en ficciones literarias que trataron el tema con más o menos acierto, pero siempre desde la lejanía de la experiencia vital, es decir, desde ese espacio estético plausible en cuanto abstracción, pero fundamentalmente esquivo, aséptico e indoloro.Probablemente vivir es, entre otras cosas, una declaración implícita de orgullo vacuo, pues la única certidumbre de estar vivos es el reflejo que de nosotros mismos nos devuelven los demás, esos otros con los que interactuamos con cierta regularidad, algunos de los cuales nos importan y a los que a veces también importamos.
Desaparecer es, supongo, reducir hasta el límite de lo material nuestro espacio social o, su equivalente, convertirnos primero en entes traslúcidos y luego transparentes para los demás, hacernos invisibles en una sociedad que sólo estima lo visible, lo tasable, lo intercambiable. Eso supondría que eres sustituible, olvidable. ¿Es eso cierto? ¿No es también egoísta la desaparición, aunque sólo sea en su condición de deseo (o sea, de dejar de desear y de ser deseado?
En fin, otro día en el que el calor me haya afectado en menor medida hablaremos de cosas importantes, de templarios y sanjuanistas, de compras y ventas, de beneficios y perjuicios reducidos a números negros y rojos. Hoy volveré a Vila-Matas y a su desaparición ficticia, porque alguna razón literaria tendrá el diario convivir, y alguna razón vital debería tener la lectura recomendada.
No tenía intención de volver tan pronto a un autor reseñado recientemente, pero hablar de desaparición, una vez depurada de violencia, de patetismo y de drama, de dolor y enfermedad, sólo tiene un referente en mi contenedor libresco y claro, a él acudo.
Autor: E. Vila-Matas
Título: Doctor Pasavento
Impresión: 7,9
Desaparecer es, supongo, reducir hasta el límite de lo material nuestro espacio social o, su equivalente, convertirnos primero en entes traslúcidos y luego transparentes para los demás, hacernos invisibles en una sociedad que sólo estima lo visible, lo tasable, lo intercambiable. Eso supondría que eres sustituible, olvidable. ¿Es eso cierto? ¿No es también egoísta la desaparición, aunque sólo sea en su condición de deseo (o sea, de dejar de desear y de ser deseado?
En fin, otro día en el que el calor me haya afectado en menor medida hablaremos de cosas importantes, de templarios y sanjuanistas, de compras y ventas, de beneficios y perjuicios reducidos a números negros y rojos. Hoy volveré a Vila-Matas y a su desaparición ficticia, porque alguna razón literaria tendrá el diario convivir, y alguna razón vital debería tener la lectura recomendada.
No tenía intención de volver tan pronto a un autor reseñado recientemente, pero hablar de desaparición, una vez depurada de violencia, de patetismo y de drama, de dolor y enfermedad, sólo tiene un referente en mi contenedor libresco y claro, a él acudo.
Autor: E. Vila-Matas
Título: Doctor Pasavento
Impresión: 7,9
Un escritor de cierto reconocimiento pone en práctica un anhelo al que lleva dando forma desde hace tiempo: desaparecer. Devoto de escritores olvidados o que se hicieron olvidar (especialmente de Robert Waltser, cuya obra difícil de catalogar se publicó en las primeras décadas del siglo XX), persigue la disolución del sujeto que escribe en su propia creación, para liberar su obra de los condicionantes de la edición, de los lectores o del reconocimiento. El resultado es una novela más que interesante por la ruptura propuesta por el autor, que supone la eliminación de las fronteras entre ficción, ensayo y realidad, mediante digresiones metaliterarias que, de paso, se divierten a costa de la literatura de gran tirada. El argumento apenas existe y carece de consistencia. Es casi tan líquido como la propuesta de disolución:
“(…) en la que hablaba en abstracto de cómo desprenderse del agobio de la identidad de escritor y proponía un rechazo radical de la fama y del mundo de las vanidades literarias. Y sugería a los nuevos literatos que se dedicaran a no tener rostro, a carecer de imagen lo máximo posible, a concentrarse en lo estrictamente literario (…)”.
Y además, la narración es resuelta, con una escritura fácil que transmite sinceridad, aunque en todo momento requiere el esfuerzo y la complicidad del lector, acostumbrado a una ficción más llana, sin preguntas ni respuestas.
“La literatura –me dijo- consiste en dar a la trama de la vida una lógica que no tiene. A mí me parece que la vida no tiene trama; se la ponemos nosotros que inventamos la literatura.”
(Febrero – 2009)
“(…) en la que hablaba en abstracto de cómo desprenderse del agobio de la identidad de escritor y proponía un rechazo radical de la fama y del mundo de las vanidades literarias. Y sugería a los nuevos literatos que se dedicaran a no tener rostro, a carecer de imagen lo máximo posible, a concentrarse en lo estrictamente literario (…)”.
Y además, la narración es resuelta, con una escritura fácil que transmite sinceridad, aunque en todo momento requiere el esfuerzo y la complicidad del lector, acostumbrado a una ficción más llana, sin preguntas ni respuestas.
“La literatura –me dijo- consiste en dar a la trama de la vida una lógica que no tiene. A mí me parece que la vida no tiene trama; se la ponemos nosotros que inventamos la literatura.”
(Febrero – 2009)

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