sábado, 22 de mayo de 2010

El fin de la historia

La ciencia ficción nos tiene acostumbrados a relatos apocalípticos, que o bien especulan con la destrucción del planeta y de sus ocupantes o dan una vuelta de tuerca a la pérdida de la libertad y de la privacidad individual a favor de una entidad superior que todo lo ve, ya se trate de nuevas divinidades, de supraestados neodictatoriales, etc.

Pero fuera de la ciencia ficción también encontramos argumentos que indagan sobre los límites de una estructura social que empieza a hacer aguas por los cuatro costados. Una de las novelas que más dio que hablar y que más polémica suscitó en cuanto a la decadencia de nuestra sociedad fue “Las partículas elementales”, segunda de las novelas publicadas por el francés Houellebecq hace ya más de una década.

No cabe duda de que el autor se encuentra en el centro de la polémica como pez en el agua. Se le ha tachado de reaccionario, pornógrafo, amoral, irrespetuoso, etc. Sin embargo, su planteamiento es más sólido de lo que pueden sugerir estos y otros calificativos y, de hecho, buena parte de sus planteamientos no son en absoluto originales, sino que ya fueron expuestos por los filósofos materialistas del siglo XIX, por los voceros del psicoanálisis (en cuanto a la oposición entre individuo y grupo, además de la relevancia sexual y de su represión social) o por Levi Strauss (con relación al papel de la norma). Y todo eso, claro, envuelto en una estética nihilista cínica y rijosa que denuncia y pone patas arriba los espacios sociales que se nos venden como menos contaminados. Quizá pueda decirse que la amalgama ideológica que subyace bajo los textos de Houellebecq es interesada y sus resultados aparecen a veces algo artificiosos, pendientes más de su fuerza estética y provocadora que de su consistencia intelectual. Creo que todo eso es más o menos cierto; sin embargo, no cabe duda de que la traslación a la ficción de esa forma apocalíptica, decadente y ácida de entender nuestra sociedad en su estado evolutivo actual es certera y muy eficiente, pues llega al estómago y a las vísceras antes de alcanzar el cerebro, lo que tal vez pueda criticarse en términos demagógicos, pero que, en todo caso, fue capaz de revolucionar el mundillo literario e intelectualoide de finales del pasado siglo. Si cada volumen de ficción leído nos hiciera reflexionar al menos una décima parte de lo que éste consigue removernos, la literatura sería otra cosa, menos afín a las supercherías de supermercado. Por cierto, todo un acierto el título, en cuanto que metáfora física de la tesis nihilista mantenida con tozudez por el autor. Hablando de supermercados, quien prefiera una dosis más simplona y edulcorada, puede escoger la versión cinematográfica que Oskar Roehler dirigió con poco tino en 2006.


Autor: M Houellebecq
Título: Las partículas elementales
Impresión: 8,2

La novela es efectivamente, como se ha calificado en muchas ocasiones, reaccionaria y decadente. En la insolente y desabrida disección que el polémico autor hace de la sociedad actual sólo encuentra cloacas y podredumbre. La esperanza que supuso el 68 no fue más que una torpe quimera infantil, de la cual, con el paso del tiempo, sólo ha quedado el sexo en su realidad más sórdida. Sobre los hijos de esa ingenua y vital generación que creyó plantar cara al sistema, ha caído luego todo el peso de la realidad, viéndose obligados a limpiar los panfletarios e incendiarios desperdicios de la riada cuando el agua volvió a su cauce. Escrita a finales del pasado siglo, la obra es un fiel reflejo de esa corriente neoexistencialista que sólo cree posible la evolución del consumo, entendido como el único activo de nuestra civilización que hemos sabido crear y perfeccionar con algún acierto. Esta edificante visión de nuestro mundo se va dibujando a través de la narración de la vida de dos hermanastros: un biólogo molecular de éxito y un oscuro profesor de segunda enseñanza. La traslación al papel de esta cruda visión hosca y huraña del individuo y de su incapacidad para crear espacios sociales limpios, es, claro, provocadora, pero resulta homogénea y consistente, incluso verosímil y cercana. El problema reside en las justificaciones ideológicas que, como vamos viendo casi cada día, proliferan al amparo de este fatalismo postmoderno. En fin, que cada lector se quede con lo que quiera o pueda, sea moraleja o coscorrón, en el caso de que haya algo con lo que quedarse. ¡Si Rousseau levantara la cabeza! – (Julio 2005)

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