miércoles, 2 de septiembre de 2009

Priorizando

Me proponía hoy reseñar alguna de las decepciones literarias de los últimos años, que, como se irá viendo, no son pocas. Sin embargo, ¿para qué esperar? Acabo de cerrar un volumen magnífico y no me resisto a reseñarlo. Lobo Antunes es uno de esos escritores que, sin estar en los estantes más privilegiados de las librerías, aparece con frecuencia en publicaciones literarias; y casi siempre bien parado. De hecho, en muchos casos, su literatura se ve reforzada cuando inevitablemente se le compara con Saramago. No entro en disquisiciones jerárquicas, entre otras cosas porque es éste mi primer acercamiento al autor y, sin duda, no será el último. Aunque tenía alguna referencia, apunté el nombre para leer algo suyo por casual curiosidad, simplemente porque aparecía en el ensalzado "Doctor Pasavento" de Villa-Matas y, en contra de la tradición iniciada por la mujer de Loth, el impulso curioso trocó en gratitud lo que estaba destinado a convertirse en sal.

Aparco por tanto para la próxima entrada alguna de las decepcionantes experiencias con los libros. Para desorejar siempre hay tiempo.

Autor: A. Lobo Antunes
Título: Tratado de las pasiones del alma
Impresión: 9,0


A veces, sólo a veces, la lectura recomendada no se materializa únicamente en grata sorpresa, sino que, como en este caso, resulta ser todo un magnífico descubrimiento. En este primer acercamiento al autor portugués, la impresión inicial es algo desconfiada, vista la ampulosidad y lo pretencioso del título. Sin embargo, casi desde la primera página, el lector se introduce en un universo de palabras tan evocador, ensoñador, absorbente, lírico y personal, que pronto olvida títulos, portadas, contraportadas y demás nimiedades. Pero además del tratamiento lingüístico, la absoluta libertad con que el autor escoge e intercambia espacios, tiempos, sensaciones y vivencias resulta sencillamente demoledora y maravillosa. El argumento es lo de menos, aunque no su tratamiento. Un magistrado se ve envuelto en la investigación de una trama terrorista, para lo que deberá interrogar a uno de sus miembros, con quien compartió gran parte de su infancia. Con este sencillo escenario de partida, la novela comienza a retorcer situaciones, a generar distintos ecos de un mismo recuerdo, a evocar sensaciones olvidadas, a reconstruir anhelos… en fin, a desplegar un completo muestrario del alma en sus diferentes dimensiones y variantes. He aquí sólo uno de los múltiples ejemplos: la desoladora percepción que el magistrado tiene con relación a la huída de su mujer, vista desde dos perspectivas; primero respecto a lo más cotidiano:

“Estoy casi seguro de que me alegraría si leyeses el fútbol antes que yo siempre que me contases los títulos, estoy casi seguro de que no saldría de noche, por las cervecerías de la Penha de França, comiendo mariscos con los colegas, rodeado de travestís y de jarras vacías, y te ayudaría a levantar la mesa, a lavar la vajilla y a guardar los platos y los tenedores en el armario, estoy casi seguro de que metería la servilleta enrollada en el aro y aprendería ganchillo para impregnarme de la inmensa soledad de las casas, pescando redes con una agujita de anzuelo.

Y, en un segundo pasaje, más desesperado, respecto a la declaración de concesión en cuanto a su rival:


(...) y para que te encuentres después, si quieres, con el inspector de la perilla, los días en que me manden hacer guardia, porque te prometo fingir que no entiendo, que no veo, que no noto tu falda arrugada, el cuello desabrochado de la blusa, las presillas sueltas, porque te prometo que abro el periódico, sin una palabra, en mi rincón del sofá, que me pongo las gafas de ver de cerca sobre la nariz y que me disuelvo en los títulos de las páginas sintiendo tu enfado infinito por mis tics, por mi tos, por mi manera de cruzar la pierna, por mi presencia.

Como los buhoneros, L. Antunes –así lo ha declarado en alguna ocasión- recoge sus temáticas del estercolero, del pozo de los olvidados y de ahí extrae vida, vida que con solo abrir la boca rezuma lirismo por los cuatro costados. Para terminar sólo un pero: Los más apegados a la realidad podrán aducir que sus diálogos están alejados del habla cotidiana. Pues sí, claro que sí, ¿y qué? – (Septiembre – 2009)

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